18 de Abril de 2007

De los 25

Entre el 16 de julio de 2005 hasta junio de 2006, estuve (verbo eufemístico que significa que follé) con 25 personas. Fueron de todas las razas y nacionalidades, pasivos, activos y hasta algún que otro supuesto hetero.

Algunos fueron trofeos, otros me marcaron más. Con 15 de ellos la cosa fue de hola y adiós. Con el resto repetí por lo menos una vez Estos son los principales resultados.

Alteñito Después del traumático cruce hace nueve meses, llevamos una convivencia feliz y tranquila. Nos queremos mucho y, contra todo pronóstico, no he tenido a nadie más.
Amazón Siguió siendo un buen amigo. De vez en cuando me confiesa que todavía me quiere, pero nada más. Me va a comprar mi casa.
Pavarotti Acabó demostrando lo aprovechado y gilipollas que era. Casi nunca tratamos.
Moreliano No sé nada de él. Le felicité por un cumpleaños y no me contestó.
El del voleibol Desapareció debiéndome unos 150 dólares.
Ed No sé nada de él.
El Chilanguito Seguimos siendo amigos, aunque vive en México

26 de Septiembre de 2006

El cruce (y XII)

«De cualquier manera, cada uno ahora tiene que pagar una multa de cinco mil dólares en la Aduana», espeta.

También viene el aviso de que El Alteñito puede irse con nosotros, y el supervisor me acompaña a decírselo. Van a tardar un tiempo en procesar sus papeles, y El Alteñito, como reo indocumentado, tiene que permanecer en el calabozo.

Le pido al supervisor quedarme con él, se lo piensa y suelta: «bueno, pero no hagáis nada».

Estamos estupefactos. No hay duda de que esto ha sido difícil y traumático, pero el resultado final no puede ser más benigno.


Al poco viene un agente que lee los documentos. No hay fecha todavía para una audiencia de deportación, pero calculan que será fijada para noviembre. Tendremos que cambiar el tribunal, de Boston a Miami, pero por lo demás puede viajar y tiene, irónicamente, permiso para permanecer en Estados Unidos hasta el fallo definitivo.

Aunque bastante sorprendido, estoy como unas castañuelas. H1 me tiene que decir un par de veces que no debo sonreír tanto.

Bajo al primer piso, escoltado por un agente y relleno un formulario de la Aduana. El funcionario que me atiende me pide que escriba los motivos para atenuar la multa administrativa por cruzar la frontera de forma ilegal (o sea, entrar a Estados Unidos sin presentarnos en un puesto fronterizo).

«Puede hacerlo en cualquier idioma, una señora lo hizo en suahili la semana pasada y se aceptó», reseña con tono irónico.

En el pliegue digo que acepto mi culpa y que lo sentía. Al poco me reducen la penalidad a 500 dólares.

Y ni siquiera lo tengo que pagar en ese momento: «le enviaremos un papel por correo».

Tardamos un poco en salir porque el agregado está tomándonos fotos y apuntando todos los números de teléfono de nuestros móviles. Tenía ganas de quedarse con el monotubo de visión nocturna («ha sido utilizado para cruzar la frontera ilegalmente», razona). Le digo que se lo quede, pero al final sus superiores invisibles dicen que no.

El Alteñito es por fin liberado. Le acompaño a las oficinas de la Aduana y se repite la operación.

25. El sabor de la libertad Los patrulleros nos gestionan un taxi (la agencia de alquiler se llevó el jeep alquilado de la comisaría de Groveton). Y hasta se ofrecen a llevarnos a un restaurante cercano.

«Dime por qué motivo debo ayudaros a llamar a un taxi», pregunta uno de los más insatisfechos.

«Por mí, ninguno, pero por H1, sí», respondí.

A las 15 horas del 15 de julio de 2006 salimos por la puerta de las oficinas de la Patrulla Fronteriza en Beecher Falls. Un patrullero nos mete en su todoterreno y nos conduce durante cuatro kilómetros hasta el restaurante Spa, en West Stewartstown, Nueva Hampshire.

No sé lo que pensaría la gente al ver a tres personas, una de ellas por lo menos con rasgos poco anglosajones, ser descargados frente al restaurante por un patrullero fronterizo.

Nuestra primera comida en l«libertad», la primera del Alteñito en Estados Unidos, fue de una hamburguesa. Nos supo a gloria.

Cada cual reaccionamos de una manera distinta. Aparte de la incredulidad y agotamiento de los primeros días, El Alteñito y H1 se fueron por el sendero del olvido. No hay nada como negar la memoria para que no exista.

Yo, sin embargo, no pude. En menos de 48 horas tenía un breve recuento de lo ocurrido. Y las pesadillas fueron recurrentes hasta que logré plasmar de la memoria este relato más detallado a las tres semanas de los hechos.

25 de Septiembre de 2006

El cruce (XI)

Después del segundo interrogatorio, me voy con el supervisor a hablar con El Alteñito y traducirle: «Puede que ocurran dos cosas, la fiscalía puede encausaros a ambos por delito de tráfico humano. Hay dos eximentes, que no fue por ánimo de lucro y que solo fue una persona. Si os encausa, entonces depende si os dejan bajo fianza, pero eso no se sabrá hasta la semana que viene.

«Estaríais presos hasta entonces. Si no conceden una fianza, estaréis presos hasta la fecha del proceso, de aquí a un mes. Si el fiscal decide no encausar, entonces Parsimón puede irse.

«Pero El Alteñito entonces tendría que ver si es retenido hasta su audiencia de deportación, o si es liberado».

Tras la explicación, me sientan con H1 y con el rollizo y fortachón. Los dos agentes no están de buen humor, llevan más de 24 horas sin dormir. Con toda la humildad que puedo acumular, denuncié mi arrogancia y le dije al rollizo que anoche me había dado una forma de salir y no la utilicé.

Se jactan: «ya acertamos casi todo, teníamos los datos como CSI Miami». Prefiero no comentar que pese a la pericia forense, no dieron con El Alteñito, que estaba en un pequeño arbusto a un metro de la carretera y a unos palmos de sus vehículos y linternas.


«¿Hay alguna agente femenina en vuestro cuartel?», pregunta H1.

«No», responde el rollizo. «¿Viste al señor mayor con bigote? Es lo que más próximo que tenemos a una mujer». Le miro a los ojos. Entre la camiseta (que ya se ha quitado) y este comentario, le estoy cogiendo bastante manía.

Entonces viene la noticia, no voy a ser procesado.

El rollizo y el musculoso miran con estupefacción y fastidio: «tanto trabajo para nada».

«¿Te acuerdas de Matrix? Pues haz como Keanu Reeves al evadir las balas, porque te acabas de librar de una buena».

Vienen entonces las advertencias, los «no vuelvas a hacer esto», las revisiones de ordenador portátil, móviles y cámaras fotográficas.

Intento ser muy cortés, agradecer todo, hasta les prometo una cesta navideña. El rollizo, por supuesto, se ocupa en encontrar el lado de la estulticia.

«¿Quiere comprar su libertad con una cesta? ¿Cree que nos influenciará con eso?» «Bueno, no. La ofrecí cuando ya habían anunciado que no me procesarán. Por lo cual, no es un intento de soborno», respondí.

La respuesta del rollizo es silencio, entorna los ojos. Nos contó que después de varios años en la frontera con México, se mudó a la frontera norte. Me temo que si hubiéramos cruzado por Sonora en lugar de Québec, el trato hubiera sido muy distinto.

21 de Septiembre de 2006

El cruce (X)

«Usted tiene derecho a tener un abogado. Si no puede pagarlo, se le proporcionará uno de manera gratuita si así lo desea. Usted tiene derecho a que su abogado esté presente durante cualquier interrogatorio.

«Usted puede ejercer cualquiera de los derechos anteriores en cualquier momento, antes de o durante cualquier interrogatorio, o al hacer cualquier declaración.

«Para renunciar a estos derechos, usted debe conocerlos y entenderlos y después de haber sido informado de ellos, elegir de manera voluntaria contestar preguntas».

Todo consejo que he oído en mi vida es que jamás se ceden los derechos, nunca se confiesa un delito ante las autoridades salvo que te lo recomiende un abogado un abogado.

«Cedo todos mis derechos, estoy dispuesto a contar la verdad».

Empiezo a dar detalles sobre cómo El Alteñito y estoy francamente agotado, física y emocionalmente.

«No nos importa qué relación tiene con El Alteñito», dice el lánguido con mirada comprensiva.

«Mira, estás siendo directo y diciendo toda la verdad. Eso los jueces lo toman en cuenta…no te preocupes, haré que el informe te sea favorable».

El supervisor, un señor cincuentón que estaba presente anoche, empezó a decir que no me preocupara y a agradecerme la cooperación. «Ahora sí que estás diciendo la verdad».

Suelto los detalles, la tienda de campaña, el monotubo de visión nocturna, la caña, todo.

«Hay otras formas de entrar a Estados Unidos legalmente, ¿por qué elegisteis esta?» Le conté lo de la visa denegada. Su gesto era comprensivo, humano.

En el otro cuarto contiguo, oigo las carcajadas de H1, hablando de bailes tropicales. Hacía ya varios minutos que le habían preguntado sobre las drogas y ella contestó: «Miren, esto no es sobre drogas, es una historia de amor».

Gracias a la carcajada, El Alteñito se enteró que estábamos en el cuartel. Estaba recluido en un calabozo en el mismo piso.

A mí me siguen pidiendo detalles, aunque cada vez está más claro que el posible procesado voy a ser yo. H1, insinúan, irá libre porque no sabía nada.

El supervisor interrumpe. «Parsimón, El Alteñito no quiere hablar. Ya le he dicho que estás aquí, que has confesado todo, pero aún así no quiere decir nada».

«Si quiere le pido que diga la verdad, agente».

El calabozo estaba a unos 20 metros de la oficina. Dentro, El Alteñito tiene cara de derrota, jamás olvidaré su gesto. Por alguna razón inexplicable estoy casi efusivo, creo que sería porque ya no había que fingir nada. Que por lo menos para el Alteñito se acababa el suplicio.

«Mi amor, no te preocupes, di la verdad. Te pondrán en un vuelo a México, a mí quizá me procesen, pero cuéntales todo, cómo cruzamos, que H1 no sabía nada, cómo nos conocimos, todo».

Nos abrazamos, besamos y salgo de la lúgubre celda. De vuelta en las oficinas, me toman las huellas dactilares, y veo que hay una persona de estatura mediana tirando a pequeña, sin uniformar. Al parecer es el «agregado» de la fiscalía y del Ministerio de Seguridad Interna.

Dicho agregado me mete en la oficina, y me interroga otra vez. Cuento lo de la aduana el jueves, los nervios, el camping, todo.

Me pide mayor detalle. Nombres, horas, precios. Le cuento lo mejor que puedo. El supervisor viene a echarme una mano, reiterando que he contado la verdad.

Al poco tiempo viene un agente de la Policía Montada de Canadá. Ha ido al camping para constatar que la tienda de campaña y el saco de dormir estaban en la basura. La dueña del camping también ha confirmado nuestra presencia. Aprovecha y me pregunta un par de cosas.

20 de Septiembre de 2006

El cruce (IX)

Me mete en su coche patrulla. Acto seguido hace lo mismo con H1. Al entrar, se pone a llorar. No sé qué pensar en ese momento, en mantener la dignidad, en contar todo, en absolverla, en El Alteñito. ¿Cómo estará?

«Yo no he hecho nada, agente», le dice al policía.

«Sólo se que tienen una orden de detención de la Patrulla Fronteriza. Les vamos a retener hasta que ellos nos digan qué hacer o les vengan a recoger», contesta el joven agente de la policía municipal.

Poco después viene un detective de la policía estatal, joven y con corbata. Nos repite lo del agente, y nos dice que nos van a registrar el coche.

«Si tienen algo ahí que no deberían tener, mejor me lo dicen ahora. Aparte de ser un delito federal tener contrabando de drogas, es un delito estatal y local», comenta.

Hago un inventario rápido de dónde están las recetas para las seis pastillas o así que tengo en mi neceser, y concluyo que lo puedo demostrar todo.

«No tenemos nada que ocultar, señor detective. Esto no tiene nada que ver con el contrabando. Mis manos se me están durmiendo, ¿me podría aflojar las esposas?» Responde que estoy recostándome sobre las esposas y que eso acentúa el dolor. Pero al poco el joven agente nos las afloja.

Nos llevan a una pequeña comisaría local, y de atarnos las esposas posteriormente nos las ponen por delante. Mientras esperamos a que nos recoja la Patrulla Fronteriza, el detective nos pregunta qué ha ocurrido.

Le comento que pasé a mi novio (cara de sorpresa) y le capturaron.

Entonces empieza la exageración, no puede evitar que se le vaya la mano: «Miren, la zona centro sur de la provincia está controlada por los Hells Angels, una pandilla de motociclistas [¡!] que efectúa el tráfico y contrabando de drogas. Si no tienen nada que ver con eso, mejor díganlo desde ahora».

Por un momento me confunde. No he dormido nada, estoy atado con esposas al lado de H1 en una comisaría. ¿Está insinuando que traficamos en droga o que los Hells Angels se van a vengar?

A los 20 minutos, llegan los dos patrulleros de anoche: el rollizo y el musculoso. El primero me mira y me dice: «no puedo creerme que hayas dejado al Alteñito ahí toda la noche».

Nos dicen que El Alteñito está bien, y que le podremos ver antes de que lo deporten.

«Vimos tu foto del Gran Cañón», comenta el rollizo. «Le pregunté al Alteñito si era tu amigo».

«Son amantes», sentencia H1.

«Sí, quería ser diplomático», dijo con una sonrisa. Tampoco han dormido nada anoche.

El rollizo insiste en llamar a la agencia de alquiler para que se lleven el coche en grúa.

Es un desquite por las mentiras de anoche, me tiene manía y le sobran las razones.

Nos quitan las esposas y nos meten en su jeep patrulla. «El Alteñito será deportado en unas horas a México», me dice el fornido.

El rollizo lleva una camiseta con un dibujo de varias personas, vestidas típicamente como mexicanos (con sombreros y todo), entrando a un camión de detención del servicio de inmigración. «Ándale, ándale, la migra is here», reza el pie.

Durante el silencioso y largo viaje de vuelta a la frontera, no dicen nada más. H1 y yo nos miramos de manera fúnebre. «Tienes que decir que yo no sabía nada» Entramos al cuartel a eso de las 10:30 de la mañana.

Las oficinas de la patrulla están en el segundo piso, accesible por unas escaleras. Tienen cuatro oficinas. H1 es sentada en una y yo en otra, junto al lánguido agente de esta mañana. Me siento a su lado izquierdo en un gigantesco y vetusto buró mientras empieza a tomarme la declaración.

«Le voy a leer sus derechos: Tiene derecho a permanecer callado. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra en un tribunal de justicia.

19 de Septiembre de 2006

El cruce (VIII)

Tampoco sabía que El Alteñito seguía en el arbusto, rodeado de patrulleros. Sabrán mucho de huellas, pero por alguna razón no habían detectado al Alteñito. En ese momento, se fundió el tiempo y rezaba (sí, rezaba) para que yo no pasara a recogerlo y para que se resolviera todo esto.

Se me cruzó por la mente ir de nuevo a por él, pero no hice nada. La primera luz del día empezó a despuntar a las 4:40. El 15 de julio de 2006, el sol salió a las 5:14, iluminando un paraje lleno de niebla.

H1 se quiere ir. «Sencillamente no me puedo exponer a esto, puedes volver si quieres». Cargamos el equipaje, y al salir vemos todo cubierto por la neblina.

Por alguna razón no han capturado al Alteñito. Quizá volvió a Canadá o a lo mejor le dio cobijo alguien. Mi sugerencia de ir a buscarlo es rechazada. «No me puedo arriesgar», repite H1.

Menos mal, porque al llegar al pueblo más cercano, nos esperaban tres vehículos de la Patrulla Fronteriza.

Un lánguido agente nos detiene. Nos pregunta brevemente dónde vamos y por qué; nos registra el jeep. Es una señal más de que no tienen al Alteñito.

Seguimos por la carretera federal en dirección sur, hasta que poco a poco recibimos señal para el móvil, algo que no existe en la zona fronteriza. Tengo dos mensajes, pero ninguno de los dos son del Alteñito. ¿Dónde estará? El Alteñito había pasado toda la noche rodeado de agentes fronterizos, o por lo menos de sus vehículos. Estaba recostado en la base de un arbusto y milagrosamente no fue encontrado. Pensaba que me habían detenido.


Al alba, se dio por vencido. Se fue al vehículo de la Patrulla Fronteriza para entregarse, y se dio cuenta que estaba vacío. Entonces decidió ir por la orilla del algo, amparado en la niebla, hasta llegar a la altura del motel. Ahí no vio nuestro vehículo.

Ya desesperado, se entregó a un patrullero fronterizo que pasaba por la zona. «Estoy buscando a mis amigos», dijo.

Poco después vino el agente rollizo a interrogarlo y no fue nada educado. Pero entre sus cosas estaban dos fotos mías y mi número de teléfono.

Ya estábamos a unos 100 kilómetros del lugar de los hechos. Mi móvil sonó a las 7:53.

«Parsimón, soy el agente de la Patrulla Fronteriza. Tenemos al Alteñito [utilizó el diminutivo, aun en inglés] y tiene tu número de teléfono móvil. Tenéis una orden de detención dos estados. Volved inmediatamente».

«Bien, ¿dónde volvemos?» «Al motel. Y ponme a H1».

A H1 le dice lo mismo, y damos la vuelta. Llamamos a un par de amigos: «vamos a ser detenidos, esperad noticias».

«No me puedes implicar», me dice H1. Y tiene razón. Es el momento en el que veo que todo se me esfuma: mi trabajo, mi casa, El Alteñito… Con un antecedente criminal tendría que plantearme emigrar, pensé.

El agente rollizo había sido inmisericorde y vulgar con El Alteñito. Le preguntó que cuántas personas estaban en la maleza y que cuánto me había pagado para cruzar.

Apenas transcurrieron 40 kilómetros cuando nos detuvo un agente policial municipal.

Nos pregunta los nombres, le decimos que vamos a reunirnos con la Patrulla Fronteriza.

«Pongan sus manos sobre el volante y el salpicadero, por favor». Primero me saca a mí, me pone contra el jeep y me pone dos esposas, bastante ceñidas.

18 de Septiembre de 2006

No hay mucho de qué hablar

El Ex vino de visita y decidió pasar por casa a verme, por primera vez en nueve meses. Está un poco más gordo, aunque no mucho. El Alteñito prefirió, discretamente, no salir, y al enterarse de su existencia, el Ex también decidió no salir.

Casi acabamos hablando del tiempo. Dice que todavía me quiere (contesto con agradecimiento, no sé medir cuánto ha disminuido en mi estima) y farda de que gana más de 100 mil dólares.

Al final, ambos queremos que se vaya. Los amigos me cuentan que ha pronunciado que no podemos ser amigos y cosas por el estilo. Estoy de acuerdo, por el momento. Se va a hacer el bypass gástrico en los próximos meses, es la claudicación ante la gula.

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