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Abril 18, 2007

De los 25

Entre el 16 de julio de 2005 hasta junio de 2006, estuve (verbo eufemístico que significa que follé) con 25 personas. Fueron de todas las razas y nacionalidades, pasivos, activos y hasta algún que otro supuesto hetero.

Algunos fueron trofeos, otros me marcaron más. Con 15 de ellos la cosa fue de hola y adiós. Con el resto repetí por lo menos una vez Estos son los principales resultados.

Alteñito Después del traumático cruce hace nueve meses, llevamos una convivencia feliz y tranquila. Nos queremos mucho y, contra todo pronóstico, no he tenido a nadie más.
Amazón Siguió siendo un buen amigo. De vez en cuando me confiesa que todavía me quiere, pero nada más. Me va a comprar mi casa.
Pavarotti Acabó demostrando lo aprovechado y gilipollas que era. Casi nunca tratamos.
Moreliano No sé nada de él. Le felicité por un cumpleaños y no me contestó.
El del voleibol Desapareció debiéndome unos 150 dólares.
Ed No sé nada de él.
El Chilanguito Seguimos siendo amigos, aunque vive en México

Diciembre 12, 2005

El acecho

Anoche cené con Pavarotti, quien como niño pequeño quiere recuperar su ascendencia conmigo después de la debacle que ambos tuvimos hace mes y pico.

Con él tengo química, no me cabe la menor duda. Por eso nunca seremos amigos de verdad, porque en el fondo sabemos que ambos nos entendemos. Todo se complica por nuestros amores de lejos.

Él está enamorado, resignadamente, como alguien que lleva las flechas de cupido como si fuera una pesada cruz. El manantial de tanta desdicha es un inglés que vive en España, a quien quiere nada disimuladamente, una vez que se analiza la lámina negativa.

Yo tengo al Alteñito, y lo sabe. Le envidia, y le da celos, pero sabe que me he decidido por él. Mientras respeta en lo fundamental el asunto, de manera subconsciente procura minarlo. Me hace preguntas indiscretas, me suelta indirectas y se intranquiliza.

La dualidad de Pavarotti es fascinante. En cierto modo me quiere usar, porque tiene verdadero pánico a estar solo. Y si su novio anglo no funciona, obviamente soy su banquillo o bullpen.

Pero por otro lado está un poco colgado y se nota en sus celos, en sus preguntas esquivas. Ayer se le escapan dos cosas: «Si no funciona lo del inglés y lo del Alteñito…» Se quedaron los puntos suspensivos en el aire, flotando pesadamente. No piqué. Luego dice, «Estoy esperando que se te quite la manía para que te des cuenta de lo que estoy haciendo». Y la verdad es que se está comportando muy bien.

Odio la composición de lugar que se ha hecho para sí y para mí: si falla el otro, tú me sirves. Es absolutamente egoísta y negativa. Pero se pega como una lapa, se resiste a ver la indiferencia y hasta el oprobio que he expresado.

Y me acecha, de eso no hay duda.

Octubre 19, 2005

¿Pero eres gilipollas o qué?

A Pavarotti no le fue bien con su ex. Me cuenta que pasaron la noche juntos sin incidencias sexuales, y tenemos una larga conversación telefónica sobre sus obligaciones. Le digo que a su ex le tiene que contar la verdad: que ya no siente nada por él. Pero se resiste. Mientras tanto, tantea conmigo. «Yo no tengo el carácter que te gusta, ¿verdad?» Posteriormente añade que me siente «un poco indiferente».

Con este chico ha sido un largo y nada coordinado vals. Me puse en quinta con él, me frenó, se puso en quinta conmigo y luego rectificó, y ahora parece que quiere la quinta otra vez. Parece mentira que nos hayamos conocido hace menos de dos meses, porque es tan invasivo que me resulta una eternidad a veces. No es mala persona, ni incordioso en casi ningún aspecto, pero tiene caprichitos súbitos y unas exigencias de Virgo tan ridículas que me ponen mal.

Y no se ha dado cuenta que quiero estar con el Alteñito. Se lo he dicho, pero nada. Dan ganas de cogerle por los hombros y hacerle la pregunta titular de esta entrada.

Octubre 16, 2005

Fracaso como filme noir

Creía que iba ser una despedida entre maestro y alumno. Pavarotti se va a ver a su ex, para pasarse el día con él. Llevaba 10 noches seguidas en casa conmigo, algo que se romperá ésta. Hemos tenido tiranteces las dos últimas noches, y francamente me hace falta estar solo por un rato. Anoche no hicimos nada, y esta mañana me despierto tardísimo.

Cuando por fin sale, le doy un abrazo y le deseo lo mejor. La gente dice que soy muy cariñoso y mis abrazos y caricias suelen ser bastante cotizadas. El caso es que un abrazo de buena fe se convierte (¿degenera?) cinco minutos más tarde en un revolcón por la cama. No lo planifiqué así. Pero así sale. Toda la intención del gesto se vuelve nada y me siento culpable por muchos motivos.

Julio 10, 2005

El monedero del moreliano

Hace algunos años que conozco al moreliano por Internet. Cuando paso por su ciudad, en un viaje que hago por su país, me invita a su casa. Acepto, aunque estoy agotado y pido una siesta. Me la echo en su cuarto de huéspedes.

Al poco está recostado al lado mío. No es de mal ver, pero no debería hacer esto. Conoce mi situación, y siempre hemos guardado una etiqueta exquisita de ciberamigos. Pero le tengo al lado, echado, y no debería estar pasando esto. Pero pasa. Al poco estamos bajo la regadera(su ducha), y un poco más tarde dando revolcones.

Hacía unas horas no quería pasar por mi hotel a conocerme en persona (con una invitación que no conllevaba nada sexual), porque tenía miedo a que fuera reconocido por el director. Ahora, al dejarme en mi coche, me da un beso. Los pocos transeúntes nos miran.

Al día siguiente tengo un trabajo que me lleva a 50 kilómetros de su ciudad, y nos llamamos. Ceno en la Plaza Chica de la población, pensando en él. Al amanecer, salgo de regreso a su ciudad. Quedamos de noche, porque trabaja como un burro, y acabamos en su casa. No salimos, sino que hacemos el amor (o tenemos sexo, como se quiera). Charlamos y me regala un monedero para que no se me caiga la calderilla. «Me sobran».

El día siguiente fue el más largo de mi viaje, porque empezó en la puerta de la casa del moreliano, despidiéndome de él frente a un compañero de trabajo. La liberación que alcanzamos hace dos días se ha disipado, y solo nos abrazamos.

Generalmente cuando pasan estas cosas, no puedo esperar a poner tierra por medio, pero los valles y volcanes me hacen pensar más en el. La ciudad de llegada, que rima con casco, me aburre. No puedo olvidarlo.

Se me ocurre enviarle «Amanecí en tus brazos», cantado a dúo por Chavela Vargas y Ana Belén. Durante una semana, nada sé. Luego empezamos a hablar, a considerar cosas. Y me confiesa que el monedero era un regalo de su abuelo, quien le puso una especie de conjuro a la michoacana: «dale este monedero a quien quieras, y si se va, el monedero te lo volverá a traer».

Las conversaciones por teléfono son intensas, pero acentúan nuestra distancia. Aunque viajo al terruño pensando en él más que en el husband, el fin está cerca. A la semana de vuelta me dice que ha conocido a otra persona.

La razón es un poco ridícula: «tiene la piel blanca y el pelo igual que tú», explica al definir a su amor. Pero se lo agradezco, no sabía que podía seguir sintiéndome así. Se me ha abierto el corazón, me he sentido vivo otra vez. El amor, por muy ridículo y frágil, no es insostenible.

La ecuación alteñita

Conocí al alteñito hace cuatro años por Internet. Siempre hemos sido amigos, yo intentado ser paternal (le llevo 10 años y medio), él alegre y demostrándome que no es un inculto. Me ha encantado su sensibilidad y dignidad.

Hace unas semanas me enteré que el encanto era mutuo. Me dijo que si no estuviera con el husband, que sería su hombre ideal. Al verle por webcam y charlar por él, me dije que por qué no podía ser su hombre ideal.

Querido lector, sé que todo esto es además de una locura, una quimera. Vivimos lejísimos, el Alteñito no tiene forma de irse de su país (vive a 2.300 kms de mí, en los altos de un estado mexicano cuna del tequila), y que sería muy difícil.

Las posibilidades son escasas. Pero me gusta gustar. Y se deja ver. Y es listo. Y tiene sentido común, buen gusto (no lo digo por mí), sensibilidad, ganas de cambio y de crecimiento.

Se convierte en mi confesor, le cuento todo lo que está pasando con el husband. Y le confesé mi apego el 23 de junio. Lo dejamos estar, como vive en un país donde los encuentros con hombres casados son comunes, pues quizá sería uno más. Pero no quiero engañarle ni engañarme.

Es lo que me ha mantenido de verdad en todo esto. Confieso que soy cobarde, que sin esta muleta no podría caminar, ni haber aceptado el bofetón del lunes pasado. Pero me ha servido de mucho.

No ha sido falso, ni le he prometido nada de nada. Un viaje en dos meses, a conocernos en persona y ver lo que pasa. Mientras, conversaciones tórridas por MSN y la webcam. Quizá no se dé, pero está siendo mi flotador hasta que me de cuenta que hago pie. Y espero que merezca la pena esa devoción, traigo mi mejor fe al tapete.

Espero que podamos hacer algo juntos, incluso si se tercia, compartir más que buenos momentos. Va a ser más que difícil, pero no imposible. Me hace sentir vivo. Y en estos momentos me hace falta sentirme así como agua de abril.

Septiembre 21, 2004

How Parsimon got his groove back

El punto bajo (y hubo muchos, pero quizá el que más cercano al fondo estuvo) fue en un «vídeoclub». Yo en un cubículo, un fulano anónimo en el otro, conectados por un glory hole. Y, de repente, como si estuviera soñando, me doy cuenta que me lo estoy follando a pelo, sin nada.

Me despendolé...no sé muy bien cómo ni por qué, pero sencillamente cada vez que me despertaba la obsesión era follar. Sexo, sexo y más sexo. Y lo busqué en todas partes, en el mencionado videoclub, en internet, etc.

Me supongo que para cualquiera dicho desenfreno es insostenible, para mí lo fue mental más que físicamente, porque me consumió.

El punto final lo fue un tío que se había grapado el estómago (obviamente no así, pero se entiende), con el cual estuve en un motel de parejas en Hialeah. El chico quería joder por horas enteras, pidiendo una especie de devoción semirreligiosa a su nada desdeñable miembro. Me di cuenta que soy un salido, pero más bien prefiero los 1.500 metros del sexo, y hasta los 5 kms. Los maratones en la cama, aprendí, me aburren.

Utilizando otra metáfora, me pongo como el alcohólico que quiere emborracharse en lugar de saborear cada copa.

Salí diciendo, «¿pero qué coño estoy haciendo?». Poco a poco volví a la calma. Evité el videoclub (que lo tengo a cinco manzanas), me inventé cosas para apaciguar a los fuck buddies, y dejé de ligar en squirt.org y en otros sitios de mal ver.

Y así, poco a poco, he salido del agujero (obviamente no es sólo un decir).

Junio 12, 2004

Vida desordenada

Hace casi dos semanas que he vuelto de viaje, en donde ejercí de nómada postizo, y me siento absolutamente desarraigado. La Iglesia le dice a esto vida desordenada, y llevo 12 días viviendo en casa pero como si estuviera en una situación fluida y transitiva.

Creo que lo me desorientó fue el vendedor de cerveza, pues fue un desliz innecesario. Pero el que terminó por deshacerme los esquemas en algún rincón de la mollera fue el asiático, la puerta de la lujuría se abrió como la puerta de su ducha. Y desde entonces no ha sido igual.

Claro, por un lado me congratulo porque no ha pasado nada más, pero por otro me veo desbocado. Tengo ganas de volver a casa, pero no he vuelto. Estoy mentalmente todavía en una carrtera perdida, en donde me siento libre.

Hace seis años ya me ocurrió una cosa parecida. Me desboqué, empecé a caer en las trampas de Internet, y para colmo me dejé seducir por un contratista eventual en mi lugar de empleo. Caí por él, pero al deshacerse en lance seguí como una bala. Y me costó muchísimo parar. No porque follara como un descosido con cualquiera, cosa que no hacía, sino las ganas de hacerlo.

Hoy me encuentro en la misma disyuntiva, tengo que parar. En este caso tengo el síndrome de la carretera encima, además del otro. Y ayer me pillé en una web en la que no debería estar, y mucho menos estar como estaba, al borde de la desesperación.

Esto tiene que acabar, el aventurismo sexual que tengo es genético, y por lo tanto muy cómodo de justificar. Mi padre es igual, pero aunque de eso me acuerdo perfectamente, he preferido no guardar la memoria de mi madre, que sufrió todo eso en silencio.

Para mí, he procurado seguir la vía egoísta: lo oculto, y por lo tanto tengo superioridad moral, porque por lo menos así no le hago sufrir al husband. Hay días en los que hasta me lo creo.

Mi madre decía que el father sufría (y sufre) de un trastorno neurovegetativo. Eso fue, según ella, lo que le dijo un médico cuando le preguntó en los años 60: «Oiga, doctor, ¿y por qué mi marido se folla a todo Dios?» Siempre interpreté ese «porque tiene un transtorno neurovegetativo» como un cajón de sastre clínico, con el cual el galeno procuró aliviar el dolor de mi madre. En lugar de decir «su marido es un salido y aprovechado», pues decir lo otro suena mucho mejor.

En fin, que no puedo seguir así. Me va a costar algo que quiero mucho. Que a veces me pregunto y planteo que por qué, pero al igual que la trinidad, es un misterio del cual es mejor ni preguntar.

Mayo 18, 2004

Las malas adicciones

Hoy te iba a escribir una carta. No era para exigirte educadamente la devolución del dinero que me debes (que ajustado a la inflación supera los 20.000 dólares). Ni tampoco para exigirte una explicación de por qué a veces tengo ganas de escribirte cartas medio tontas.

Me detuve en el Querido. No fue tanto la duda entre el querido o el estimado, sino más bien percatarme de lo que estaba haciendo. Es casi afín al síndrome de Estocolmo, pero 12 años después, en los que te he visto una vez nada más.

Te echo de menos, aunque no hay lógica para explicarlo. No sé qué era peor, si mi represión sexual, la manera en que me tomabas el pelo, o las noches de ron y marihuana. Lógicamente me digo que fuiste una educación bastante cara. Me enseñaste no a divertirme, sino a asomarme al borde del abismo de una vida desastrosa. Ahora, con el tiempo, es obvio que estaba locamente enamorado de ti.Y no tuve los huevos de decirte nada explícitamente.

Todo fue tácito, una especie de pacto secreto, nuestra propia versión de "don't ask don't tell" a nivel subconsciente. Y claro, acabamos mal. Muy mal. Tres años de borracheras, confesiones falsas, gastos inimaginables y de poner a prueba nuestras familias.

Ahora me doy cuenta que eres como una adicción. Parecida a la que tuve con mi padre, absolutamente insana y a veces muy nociva. Lo mejor del asunto y a la vez lo más triste es que no podemos volver a esos papeles, yo fingiendo que me gustan las chicas y que soy tu amigo del alma y tú como guía del averno de tu amigote. Ya sabes todo sobre mí, ya sé todo sobre mí. Pretender otra cosa sería imposible.

Marzo 21, 2004

El último de Filipinas

Anoche fui a casa del vecino a celebrar el cumpleaños de su marinovio. Salvo una breve intervención de dos amigas, éramos cuatro: vecino, marinovio, compañero de casa de ambos y un servidor. El husband tenía unas funciones.

No vino mucha gente y eso es peligroso en una fiesta, porque sobra el alcohol y el vecino hizo casi siete celemines de sangría. Y claro, empiezas a beber como un descosido.

A las 10:30 me doy cuenta de que el filipino tiene ganas de marcha. Y no precisamente la de salir a un bar, sino de la otra. Y tiene ganas de marcha conmigo. Me gusta gustar, y nada, al principio coqueteo y me dejo llevar por los piropos.

Luego me doy cuenta de que no es cachondeo, que el señor de Luzón tiene la mira puesta en mí. Me hago el casto, el indignado, pues ya es una tesitura demasiado escandalosa hasta para mí. Y he de confesar que hubo un momento en el que me hizo tilín. Ambos nos hubiéramos arrepentido (sobre todo él al ver la cantidad de sangría que había bebido), pero ya me veía en sus brazos.

El único inconveniente era, repito, lo obvio del asunto. Entonces el marinovio pregunta al manilense que cómo se sentía cuando le puso los cuernos a su ex pareja. Aunque fue dirigida al chico, en realidad me lo preguntó a mí, internamente. Se me quitaron las ganas.

Al filipino, no. Me recordó brevemente a Cynthia, la libidinosa jugadora de ping pong en The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert. Me empieza a manosear como si fuera una sandía en el mercado. Hasta me muerde tres o cuatro veces. Me quedo impávido, el vecino alucina.

No fue muy aconsejable conducir hasta casa, pero no me podía quedar. Casi más por mí que por él. A los 10 minutos de llegar a casa, llegó el husband. Se lo cuento y le aviso que me mordió. No quiero hematomas difíciles de explicar.

Enero 6, 2004

Por qué ponen los cuernos

Netscape siempre publica relaciones de cosas anodinas que no tienen respuesta fácil pero que procuran cubrir de cualquier manera breve; hoy le tocaba a «por qué ella es infiel». Obviamente me sentí un poco identificado con la temática y me lo leí. Las razones:

1. Dejaste de hacerle caso
Un poquito, sí.

2. Has cambiado, o ha cambiado la relación
También, también.

3. Le pusiste los cuernos
Pues pese a la opinión de algunos por aquí, la respuesta es negativa.

4. Siempre hay alguien mejor
Lo ponen a mitad camino entre un capricho sexual y encontrar al príncipe azul, incluyendo también ambas posibilidades. Aplica.

5. Es sencillamente mala
Quizá. Estoy esperando un ataque de conciencia al estilo del sufrido por Julianne Moore en Magnolia. Pero por el momento, nada. Claro, tampoco ha pasado mucho.

Septiembre 19, 2003

Un titán azteca

He estado de viaje, de ahí que no haya escrito mucho. Durante mi viaje a otra ciudad, he visto que una de las personas en mi supervisión drecta está muy pero que muy bien. A los hombres se les permite, generalmente de forma impune, piropear a las mujeres, aun en lugares de trabajo.

Un jefe puede decir, «uy, qué guapa has venido hoy» o cualquier otro piropo baboso sin miedo a retribuciones. Yo, a mi guapetón de origen azteca y con horas de entrenamiento en un campo de fútbol americano, no puedo decirle que «me acuerdo de la virgen de Guadalupe cada vez que admiro la perfección de cuerpo serrano, que está como el Popocatépetl: bronceado por fuera y lleno de fuego por dentro».

Bueno, es excesivo. Pero tiene ese encanto geminiano que me pregunto sobre sus gemidos geminianos. Vale, también es excesivo. Pero lo más injusto de ser gay es reprimirse y no poder admirar de forma sincera el cuerpo ajeno por temor a acabar bajo tierra.

Los niños de Brasil

No hay nada como irse al fotolog y ver a estas serranas criaturas poner su mejor cara delante. Gracias a Seyd por hacerme adicto.

Septiembre 5, 2003

Echándome los tejos

Hoy se me insinuó un chico. Bueno, de chico, nada. Tiene 5 años más que yo, y Parsimón está hecho todo un dinosaurio.

Por lo general no me fijo cuando me echan los tejos, o lo hacen de una manera tan abrupta y fea que me repele.

Pero no, este señor, que trabaja en mi mismo edificio de oficinas, me abordó en plan simpático. Había hablado con él un par de veces, y en esta ocasión aprovechó para decirme que tengo unos ojos muy bonitos.

Le contesté que él también, y luego siguió con mi cara, mi pelo, hasta que parecía casi el anfitrión en un desfile de modelos. «No es para tanto», le dije. Pero siguió, tranquilamente, y me puso la mano en el brazo. Y aquí ya le puse en su sitio, pues uno estará salido pero tiene vestigios de decencia.

Una lástima, porque lo dijo de forma tan encantadora que se podría haber quedado ahí y me hubiera hecho tilín posteriormente. Pero siempre se propasan, como Cipriano. Y hay que llamarles la atención.

Septiembre 3, 2003

El ganador

Como dije la semana pasada, quedaban tres en Boy meets Boy.











El de la no-pluma escondida acabó siendo Franklin, que confesó inmediatamente después de ser identificado como, tal y como diría Peluche, amante de los culos blandos. «Es que soy sensible y desde niño me decían marica. No he querido infiltrar nada», se defendió el infiltrado.

James eligió a Wes, que pisó fuerte y ganó. Brian, pobrecita, se fue llorando y con un insulto del mismo James: «la única forma de que no salgas herido de esto es que no te elija». Pues vaya.

Lo que más me ha chocado de todo esto es que los siete heterosexuales ocultos elegidos jamás dudaron, jamás se doblegaron ni se dejaron llevar por sus papeles. Es una muestra más de lo fija que está la sexualidad en esta sociedad.

En los años 70, ser gay era una especie de revolución, todo el mundo lo podía hacer. Podías ser gay temporal, indefinido, eventual, todo para rebelarte contra las normas morales. Pero algo pasó desde ese entonces, algo que obligó al movimiento a decir que somos inmutables, como los soldados en el Palacio de Buckingham. Que nacemos como somos, y se acabó.

Probablemente fue para combatir a los puritanos del patio que dicen que ser homosexual es inmoral, y que todos pueden cambiar. Es más fácil, supongo, decir que no se puede cambiar que afirmar que cada cual tiene derecho a hacer lo que le dé la gana.

Ha sido el triunfo de Fernando Esteso: Los niños con los niños, y las niñas con las niñas.

Agosto 28, 2003

Más de Chayanne

Emilio, tan periodístico él, recuerda su experiencia con Chayanne. Curiosa y casualmente, es reflejo de mis vivencias.

Agosto 26, 2003

Y entonces quedaban tres...

Boy meets Boy tiene su episodio final la semana que viene. Es el programa donde 15 hombres intentan seducir a James, un guapetón que por alguna extraña razón nunca ha tenido novio y quiere encontrar a alguien mediante un programa de televisión.

Ya sé que es una premisa tona, absurdo total, pero no puedo dejar de verlo.

Hay tres finalistas, y uno de ellos es heterosexual. Si engancha a James, se lleva $25.000. Si cualquiera de los otros dos logra que James le elija, se van en un crucero y James se lleva los $25.000.

Pero es fascinante ver la química entre los cuatro. Creo que es Franklin, Géminis al fin, el falso marica. Pero no sé, Wes es tan sumamente competitivo que a veces dudo. En fin, una vez más decepciono, pero me parece demasiado interesante. Brian es una loca simpática. Yo, en un mar de dudas, le eligiría a él.












Pongo este comentario aquí porque por alguna razón, Movable Type no me está aceptando bien la tabla. La final es el martes que viene, cuando James elige. Y creo que va a elegir mal, porque en el fondo le hace tilín Franklin.

Agosto 20, 2003

¿La ocasión hace al infiel?

El sábado estaba bastante aburrido, ya en el umbral del constipado que me iba a afectar estos días. Me resigné a pasármelo solo, aunque de repente me llamó R., el autor de la movida que relaté el otro día.

«Discúlpame, me equivoqué»

«¿No me digas?» Tendría que haberle dicho la verdad, que va a pasar mucho tiempo hasta que me vuelva a fiar de él. Pero alivio y lavo la culpa, como siempre.

Al poco me llama un compañero de trabajo, que si quiero ir a cenar a su casa, que tiene un barbecue. Suelo decir que no, pues mi empresa está llena de homófobos, pero es mejor que nada y voy.

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