Hace algunos años que conozco al moreliano por Internet. Cuando paso por su ciudad, en un viaje que hago por su país, me invita a su casa. Acepto, aunque estoy agotado y pido una siesta. Me la echo en su cuarto de huéspedes.
Al poco está recostado al lado mío. No es de mal ver, pero no debería hacer esto. Conoce mi situación, y siempre hemos guardado una etiqueta exquisita de ciberamigos. Pero le tengo al lado, echado, y no debería estar pasando esto. Pero pasa. Al poco estamos bajo la regadera(su ducha), y un poco más tarde dando revolcones.
Hacía unas horas no quería pasar por mi hotel a conocerme en persona (con una invitación que no conllevaba nada sexual), porque tenía miedo a que fuera reconocido por el director. Ahora, al dejarme en mi coche, me da un beso. Los pocos transeúntes nos miran.
Al día siguiente tengo un trabajo que me lleva a 50 kilómetros de su ciudad, y nos llamamos. Ceno en la Plaza Chica de la población, pensando en él. Al amanecer, salgo de regreso a su ciudad. Quedamos de noche, porque trabaja como un burro, y acabamos en su casa. No salimos, sino que hacemos el amor (o tenemos sexo, como se quiera). Charlamos y me regala un monedero para que no se me caiga la calderilla. «Me sobran».
El día siguiente fue el más largo de mi viaje, porque empezó en la puerta de la casa del moreliano, despidiéndome de él frente a un compañero de trabajo. La liberación que alcanzamos hace dos días se ha disipado, y solo nos abrazamos.
Generalmente cuando pasan estas cosas, no puedo esperar a poner tierra por medio, pero los valles y volcanes me hacen pensar más en el. La ciudad de llegada, que rima con casco, me aburre. No puedo olvidarlo.
Se me ocurre enviarle «Amanecí en tus brazos», cantado a dúo por Chavela Vargas y Ana Belén. Durante una semana, nada sé. Luego empezamos a hablar, a considerar cosas. Y me confiesa que el monedero era un regalo de su abuelo, quien le puso una especie de conjuro a la michoacana: «dale este monedero a quien quieras, y si se va, el monedero te lo volverá a traer».
Las conversaciones por teléfono son intensas, pero acentúan nuestra distancia. Aunque viajo al terruño pensando en él más que en el husband, el fin está cerca. A la semana de vuelta me dice que ha conocido a otra persona.
La razón es un poco ridícula: «tiene la piel blanca y el pelo igual que tú», explica al definir a su amor. Pero se lo agradezco, no sabía que podía seguir sintiéndome así. Se me ha abierto el corazón, me he sentido vivo otra vez. El amor, por muy ridículo y frágil, no es insostenible.