Anoche improvisamos y salimos de Halloween (sin disfraz, ya fuimos el sábado pasado a una fiesta) por una concurrida calle peatonal de mi ciudad. Estaba a rebosar, le tengo cierta fobia al gentío, pero en fin, los disfraces eran dignos de verse.
Llamamos a cuatro personas, inlcuyendo a mi amigo P., que vive lejísimos. Hace semanas que no le vemos, en parte por la distancia. Las otras tres no pueden, P. dice que está muy lejos. El husband me pide el teléfono y le increpa a venir. Quedamos a las 8:30 en una heladería.
Mientras, el bombardeo empieza. «Presiento que en algunas cosas estamos peor que hace cinco meses». Me deja aturdido, yo opino lo contrario, nos va bastante mejor, dentro de lo que somos.
«Percibo cierta hostilidad hacia mí. En dos situaciones hemos peleado y nunca peleamos». «Eso es mi tendencia a no dejar las cosas pasar. Antes me hubiera embotellado y ahora no cedo. Dije que lo iba a hacer».
«Creo que estás cabreado conmigo, mira la conversación que tuvimos en la que me dijiste que había que elegir entre el teatro y tú, que si quería más al teatro».
«Pero eso fue hace por lo menos dos meses [lo he visto, fue hace casi 10 semanas], desde entonces estamos mejor. Te veo en casa como una especie de fiera enjaulada».
«Estoy fatal, me siento miserable, no hago nada. Pero por lo menos te sientes bien al respecto».
«Sí, vaya, pero a menudo precio».
«Hay que encontrar un punto medio, pero siento hostilidad, desde esa conversación, que creo que fue a principios de este mes, no en agosto...»
Aquí iba a decirle la cruda realidad, que estaba dispuesto a dejar todo en ese instante, que sencillamente no se dejó, y que desde entonces estoy mejor, me siento (sentía) más optimista al respecto. Pero obviamente no puedo, porque entonces va a pensar que esa hostilidad percibida (falsa) es sobre el hecho de que no me pude deshacer de él.
Al concluir la cena, vamos de tienda en tienda, algo que aborrezco, máxime dentro de una conversación de este cariz.
«Creo que un componente de todo esto es tu situación económica y tu situación profesional», le digo valientemente. Su preocupación con esos asuntos se está desbordando en otros lados. No me contesta.
Vamos a otra tienda, y me dice lo del orden. Soy un desastre, y a él le gusta tener orden. «Entonces tengo que contratar a una asistenta», comento.
«No, es cuestión de costumbre, de recoger, de ser ordenado».
«Cielo, no soy una persona ordenada».
Aquí me suelta un discurso sobre el orden que no es genético, que es una falta de decencia, que es cuestión de hacerlo todos los días o semanas.
«Me dices esto con un paternalismo increíble, como si tuviera seis años. ¿Te crees que no he intentado hacerlo antes? ¿Crees que es tan sencillo romper una costumbre de años?»
Me contesta algo, y le digo que lo intentaré, pero que me lo tiene que recordar, que tiene que ser mi conciencia al respecto y darme la lata.
«Entonces me vas a acusar de ser un pesado».
Aquí pierdo las riendas, entre la escena carnavelesca a nuestro alrededor, y le digo que acusar le puedo acusar de muchas cosas, pero que...
En ese momento sube los ojos con condescendencia. Me cabreo y le dejo. Nos volvemos a juntar en la heladería.
«Si no podemos hablar de este asunto tan pequeño sin pelearnos, ¿cómo vamos a hablar de los importantes». Casi pico.
«Me acabas de decir que es un tema muy import...mira, la verdad es que me estás pidiendo una cosa ajena a mí. Lo voy a intentar, pero me hace falta que me lo recuerdes. Eso es todo». Hacemos las paces, y nos ponemos a esperar a Pedro.
Llegan las nueve y pico, el husband se quiere ir. Nos levantamos, le dejo un mensaje a Pedro, que no tiene móvil, y nos vamos. Me quedaría, pero me convence que probablemente con el follón del tráfico ha dado media vuelta.
Llegamos a casa, y a las once menos cuarto me llama Pedro, cabreadísimo. Que había llegado a las nueve (bueno, no exactamente, pero no se lo voy a pelear) y que ya no estábamos.
Está furioso. Puedo contestarle, puedo pasar el teléfono al husband porque en realidad él ha sido quien le había pinchado para que fuera. Pero no, me vuelvo un estoico y encajo todo. Pedro se envalentona, me dice más cosas, sólo alcanzo a pedir perdón y desear que la noche se acabe.