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Octubre 11, 2005

Lo opuesto al amor

La gente y la mayoría de los tests de inteligencia suelen convertir al antónimo del amor en odio. O sea, su opuesto. En cierto sentido es cierto, pero para odiar a alguien de verdad tienes que invertir una cantidad importante de emociones. A las dos personas que llegué a odiar en su momento en mi vida las había amado bastante antes.

Pero en cuanto a frecuencia emocional, lo opuesto al amor es la indiferencia. Es lo que siento por el Ex, absoluta indiferencia. Es triste sentirlo después de 10 años, pero creo que fue el abandono emocional y la combinación de situaciones raras y tensas en estos tres meses de divorcio. Al final, me da exactamente igual. Me parece triste, no me gusta sentirme así, pero no por ello deja de ser cierto. Ya no lo quiero, ya no siento nada por él. Después de una década, he logrado imitar su aparente indiferencia, pero esta vez de veras.

Septiembre 2, 2005

¿Mentir u omitir?

El encuentro va bien. Hay mucha conexión física y emotiva, y aun dentro de nuestras respectivas timideces, logramos conectar. Llegamos a la cabaña, y nos entregamos durante dos horas.

Después nos acercamos al bonito pueblo, y en una pizzería decido soltárselo. Lo de JA, veo que al Alteñito le cambia el rictus, y es una especie de espada de Damocles. Si no se lo digo, es una omisión tamaña. Si se lo cuento, le hago sufrir.

Confieso que se lo he dicho por egoísmo, para quitarme la responsabilidad y trasmitírsela. Pero ahora me hubiera gustado, egoístamente, haberme callado. No estaría sufriendo. Por un momento me siento como el hijoputa de mi padre.

Me da la razón, me dice que gracias por ser sincero, aunque le veo el disgusto. «No me lo esperaba», me dice.

¿Y ahora qué? Quedamos en ver dónde nos lleva el fin de semana.

Febrero 24, 2004

San Valentín, ora por nosotros

El Día de los Enamorados, hora a hora

00:30 El husband lleva casi dos horas en el teléfono, desde que entró. Cuelga, y me empieza a hablar de su amigo del teatro y de las obras que quiere hacer.

00:45 Tras hablar del amigo y del melodrama, me pregunta qué tal mi día. Estoy casi dormido, apenas me doy cuenta cuando me pregunta.

07:45 Me levanto. Estoy cabreado. Decido irme a la playa, a sacar unas fotos. Conducir casi siempre me viene bien, pero en esta ocasión, no. La playa tampoco me sienta bien.

09:55 Llego a la librería, me paso casi una hora viendo libros.

10:45 Vuelvo a casa, mi marcha ha sido casi imperceptible. Empieza la bronca, «eres un insensible...me he enterado más del día de tu amigo que de tu propio día, a lo mejor te deberías ir a vivir con él». «Lo siento...pero no entiendo a qué se debe esto». «¿Te parece poco?» «¿Vamos a celebrar San Valentín mañana o no?» «En estos momentos no tengo ganas de celebrar nada». «No sé qué más hacer, te he pedido perdón y sigues molesto».

11:05 Se va para una prueba, me dice irónicamente que gracias por seguir cabreado con él, que le hacía falta apoyo en este día. Le contesto de igual manera que de nada, que para eso estamos.

11:25 Me arrepiento, se me ha ido la mano y como me he desahogado, me siento fatal. Le llamo para pedir perdón sobre lo último.

11:55 Me topo con R. en el mensajero, hablamos unos 20 minutos. Quedamos para ir a su casa a eso de las 5.

17:01 Llego a casa de R. Hablar con él es como echar una moneda en una tragaperras mientras estás vendado: no sabes con qué cantaleta te va a salir. Hoy le toca al DSL; se lo van a instalar. Estoy un poco frustrado, es el día de los enamorados, y no sé muy bien a qué he venido. Oficialmente estoy aquí porque estoy aburrido y quiero hablar con él. Pero en realidad, me falla la introspección.

17:50 Cenamos en La Carreta, hablamos de política y libros.

18:30 Volvemos al apartamento, a su dormitorio. Por fin hablamos de lo que pasó hace un mes y pico. «¿Por qué no me contestaste?» «Te he contestado, estamos hablando, ¿no?» «En serio, de esto hace un mes..» Se pone molesto, le cambian los rasgos. No le gusta hablar de cosas serias. «Sabía que después de acostarnos, te ibas a poner muy apegado [utilizó needy] y no estaba para el rollo. En el fondo quieres a tu husband, pero te hace falta más atención. Y te la di...» Por fin, la canción que pedía, pero no me la dio a mi gusto. Me callo, dentro de su retorcida lógica tiene razón, en parte. El ingenio de la escalera luego me trae a la cabeza contestaciones brillantes, pero ya era demasiado tarde.

19:10 Entra el ex de R. al apartamento, al parecer con su novio. Aunque se separó de R. hace meses, parece que ambos tienen el pacto de utilizar el salón para sus menesteres sexuales, porque ambos se ponen follar. El ex es muy expresivo, el otro bastante callado. Me lo tomo a coña, pero estoy atrapado en el Día de San Valentín en casa de alguien con quien he sido infiel, mientras otra persona se folla a su ex en el salón. En estéreo.

19:40 Terminan la primera vuelta, R. toca la puerta.«¡Un momento!», contestan. Risitas, ruidos de movimiento sin explicar, cierre de puerta de alcoba. Hago mutis por el foro.

22:30 El husband viene a casa. No le han dado el papel.

23:15 El Día de los Enamorados termina como debe terminar, en la cama y bien.

Enero 13, 2004

La conspiración del silencio

Pues lo hecho, hecho está. Anoche, al escribir la entrada anterior, me di cuenta de que en parte me acosté con R. debido a las memorias de F. , el chico a quien nunca pude tener hace 13 años y del cual estuve locamente enamorado. Es curioso cómo funciona el subconsciente y las cosas que asociamos. Pero obviamente me di cuenta (una vez más, porque aunque titubeo no soy tan idiota) de que con R. no voy a ir a ninguna parte, más allá del placer sexual y de compañía puntual y cómplice.

Acostarse con alguien con quien has tenido tanta anticipación y ansiedad suele ser decepcionante en cierto sentido. El mayor momento de intimidad se alcanza después de la culminación, cuando estás desnudo con él, hablando de cualquier cosa, vulnerable y expuesto. Y no sentí mucho, aparte de alivio y de hambre.

Lo de los poppers me sorprendió un poco porque soy algo puritano, pero me huelo (es un decir) que es como inhalar un rotulador fuerte o algo así. No creo que se consideren como droga dura ni nada por el estilo, pero a diferencia de F., con quien fumé marihuana, hachís, probé cocaína y LSD, no quise probar ni perder el control.

Más me sorprendió lo de querer hacerlo «a pelo», la verdad. Inconsciencia total de su parte y un indicio de cómo está la calle de fea.

En resumidas cuentas, el enamoramiento con R. ha pasado de la fase mágica a la real. No sé qué va a pasar, pero si antes no podía contar mucho con él, me supongo que una vez consumado todo, me va a frenar más todavía.

Y queda la confesión. Marcaría el final casi seguro de nuestra pareja, pues desde el primer día el husband avisó que estos desvíos son penados con el finiquito instantáneo. Además, este fue con agravantes: reincidencia, complicidad, abuso de confianza, comisión ponderada, etc.

Por lo menos lo de Ray fue casi instantáneo y no llegó a suceder nada.

No sé, me supongo que me demarcaré por el silencio. Desembuchar tuvo su momento clave el sábado, pero las circunstancias y mi cobardía conspiraron para que no se cumplan. Pero algo anda muy mal en Dinamarca, la verdad. Estamos montados en un cacharro que marcha, pero que como se detenga será pasto inmediato del desguace.

Enero 12, 2004

Acabando de acabar

No sé muy bien cómo, pero R. está sentado al lado mío, en su amplio sillón. En su apartamento que comparte con un ex al que nunca veo. El hecho que esté sentado a mi lado, sonriente, no es de por sí excepcional.

Pero sí es raro que esté desnudo. No, raro no es el calificativo que busco; cualquiera se imaginaba este desenlace. Llegué a desearlo, y ahora el destino, caprichoso como un aforismo de Wilde, me castiga cumpliéndolo.

Por un momento es una pantomima; finge que es todo muy natural y yo pretendo que no ha pasado nada, que todo esto es como quien se quita la bufanda al entrar del frío.

Rebobino: Hace tres días hablamos por mensajero, intercambiamos ideas, pareceres, tonterías, pretensiones, etc.. Consideramos quedar el sábado por la tarde, pero como no salió nada fehaciente del tema, me fui a cenar a casa de mi madre y posteriormente al cine con el husband del vecino.

Eran casi las 10 cuando llegué al cruce de autopistas. Todo recto, a casa de R.; para ir a mi casa, a la derecha. Suena mi móvil: «estoy en casa, ¿quieres pasar?» La duda ofende.

Sigo recto por la 836, rumbo oeste, a la jungla, a los Everglades, a los pantanos. A la locura, a la tentación de mi suerte. A la tentación en general.

Aparco cerca de su edificio, al lado de un concesionario; subo por el ascensor, entro al apartamento. Hace frío afuera, me recibe con su camiseta negra, pantalones vaqueros, gafas. Es casi el fantasma actual de F., el chico que tan mal me traía hace años. Es F. versión XP, diseñado para captarme: este es además de atractivo y magnético a su manera, es maricón y también, inexplicablemente, le atraigo. Ya no hay trabas.

Mejor dicho, hay muchas trabas. Inimaginables hace 12 años, con F. versión 3.1, pero en fin. Creo que de esto me va a salir una novela.

Me siento, pido mi acostumbrado vaso de agua. El apartamento siempre está oscuro, me intimida un poco. Y estoy muy nervioso. Demasiado, porque si he vuelto a caer en este pozo ha sido por el agua (no la del vaso, la metafórica). Como siempre, no hablamos de lo importante; ya he tirado la toalla de ser transcendental o lógico.

«Tranquilo», me coge de la mano. Juega con mi pelo. Es un día frío, pero por los nervios tirito. Empezamos a ver no sé qué película en su gigantesta televisión, me pone la mano en el cuello. Todo me parece surreal, como una seducción de los años 50 en la cual el seductor quiere hacerse el sutil y el seducido el casto.

Se mete en su cuarto a buscar nosequé, y de repente salta el pequeño censor que llevo dentro: ¿qué haces aquí? ¿Vas a echar todo por la borda? ¿No vas a llamar a casa a decir que llegas tarde? ¿Estás chalado? ¿Quieres ser como tu padre?

El pequeño censor se calla, porque la imagen que se proyecta a continuación en el cerebro es la de R. completamente desnudo, sentándose a mi lado. Creo que se me va a salir el corazón.

Me abraza, me echo sobre su pecho. Me quedo de piedra. Cuando era soltero, estropeé varias situaciones similares haciendo preguntas o comentarios inoportunos, que surgían por las incongruencias que tiene la vida. El caso es que mitad para evitar el desenlace inevitable y mitad para tomar las riendas, le pregunto: «¿Y por qué yo? ¿Qué ves en mí?»

Sonríe: «Eres tan cute». Ah, no me lo vas a decir.

Analizo mis opciones. 1. Levantarme e irme. 2. Pedirle que se vuelva a vestir. 3. Reírme porque se me hayan ocurrido opciones tan ridículas como las dos primeras. 4. Meterme en el ajo. 5. Pretender que no pasa nada. 6. Cerrar los ojos y pensar en el husband.

«Vale, dime lo que quieres que haga». Conscientemente no se me había ocurrido la 7: Convertirme en geisha.

Después nos vamos a comer a La Carreta, hace frío. Me siento como César tras cruzar el Rubicón...¡qué coño! Me siento aliviado. Ya todo adquiere más perspectiva, me tenía que sacar esta espinita, que acabó teniendo afición por poppers y por el sexo sin condones (huelga decir que ambas tendencias se quedaron en simples proyectos conmigo).

Durante la cena, en la misma Carreta de hace un mes, y casi con el mismo frío y a la misma hora, me recuerda que no quiere nada, que acaba de salir de su relación, bla, bla, bla...

Volvemos a su casa, repetimos los párrafos anteriores aunque con bastante menos premura. Me pide que me quede. Son las 2:30 de la madrugada. El husband debe estar durmiendo el sueño de los justos. Si me quedo será un escándalo. No puedo, tengo que volver. Confesar y decir que no tengo ni puñetera idea de lo que voy a hacer ni de por qué exactamente me he metido en este callejón sin salida.

R. está ahí para desaparecer en los momentos menos pensados, para desnudarse de repente y para ir a cenar tarde a La Carreta. O sea, no mucho. No puedo contar con él para nada, en otras palabras. Va a ser un polvo (bueno, un capricho) muy caro.

Mañana celebramos el cumpleaños del husband, con los amigos y la familia. Menudo panorama. Le tengo que despertar, contarle todo. Probablemente se vaya esta misma noche. Para estas situaciones no me imagino que habrá mucha comprensión.

Ah, y trabajo en menos de seis horas. Me ha tocado un turno de domingo. Llego a casa, no está el husband. ¿Me estará buscando? ¿Dónde? Pero no hay nota, no hay aviso, no hay llamadas. Su móvil está donde lo ha dejado al mediodía. No ha llegado a casa. Son más de las tres de la madrugada y no ha llegado. Me ducho, no sé qué pensar ni a quién llamar. Me acuesto, intento esperarle. No puedo; me quedo dormido.

A la mañana siguiente, me cuenta que se fue con unas amigas a tomar algo y que no me llamó para no despertarme. Debo ser muy ingenuo, porque me lo creo sin duda. Me empieza a contar sobre cómo va a organizar el escenario de la obra que se estrena en 13 meses y que será su primera dirección. A los 10 minutos le digo que me tengo que ir a trabajar. Me escabullo totalmente.

Esto no hay quien se lo crea. Parece un sueño, ¿me lo habré imaginado todo? No, obviamente no.

Enero 5, 2004

Y todo iba tan bien

Me di cuenta en Nochevieja, en la cutre Nochevieja en casa de la abuela del husband. O mejor dicho, camino a su casa.
Me había dejado el móvil en el coche, y cuando entré, tenía un mensaje nuevo. De R. De esa persona que dije que ni hablar, que ni modo que adiós muy buena, en una despedida digna de filme noir.

De esa persona que dejé como heroína de la Metro, para no sucumbir ante su tentación.
Bueno, pues cuando oigo su mensaje de felicidades, pues...pues...pues me siento como esas noches que hay un helado en el congelador que me llama. Y me sigue llamando, y pronto, inexplicablemente la gula y la ansiedad se apoderan de mí y ya no queda nada de helado.

El mensaje no es nada sugerente, pero se me hace algo en la garganta...

Quiero llamarle, pero estoy a 3 minutos de casa de la abuela, y a unos 15 de las campanadas. Me siento de repente como Michael Caine en Hannah y sus hermanas. Me invade la neurosis de Woody Allen.

Ya que me hace esto, ya que me hago esto, decido prolongar el martirio. No le llamo hasta el día de Año Nuevo, por la tarde, casualmente, como si fuera Audrey Hepburn (de filme noir a Audrey Hepburn, pasando por Woody Allen, madre mía) haciéndome el interesante.

Y me lo hago al dejar el mensaje. ¡Pero el muy cabrón no contesta! Le mando un correo y nada. No voy a insistir, me niego rotundamente. Estoy chalado por hacer y sentir todo esto, pero no voy a dar un paso más para hacer el papel de desesperado. Si se da cuenta, estoy jodido de verdad.

Hasta que lo encuentre en el mensajero instantáneo, claro.

Diciembre 26, 2003

Adiós, amiguito, adiós

Fue justo antes de la Navidad, me fui a casa de R., me da el vaso de agua que me acostumbra a dar, y después del «abrazo prolongado que es reflejo de amistad aunque bien puede ser de otra cosa», le pregunto:

-¿Qué buscas conmigo?

La respuesta es elusiva. Bromista, difusa, elíptica como la plaza del mismo nombre. «Un amigo, algo más, eres tan guapito [la palabra exacta fue cute]».

-Es que mira, al paso que vamos, acabaremos en el dormitorio. Y no precisamente viendo televisión. Y estoy dividido, una parte, la que está físicamente atraída a ti, quiere. Pero el resto de mí, no.

Y es porque no conozco sus intenciones, y peor aun, no me entero de las mías. No sé si quiero un romance físico, dejar al husband por algo que a primera vista parece mejor, o sencillamente alguien que me entienda sin que me quiera meter mano. Y sé que esta conversación va a joder para siempre cualquier de las tres alternativas. Pero me he cansado.

Me cuesta porque R. es guapo, tiene buen cuerpo e inexplicablemente se siente atraído por mí. Y una personalidad tan geminiana y echada pa' alante que siempre me ha hecho tilín.

Me he planteado tener un lance hecho y derecho, pero no va a funcionar. Primero porque está mal (esto, a diferencia que otras expectativas implícitas y tácitas, está más claro que el agua en nuestra pareja), segundo porque el husband se daría cuenta tarde o temprano y tercero porque no es lo que verdaderamente quiero.

¿Pero qué quiere R.? Me parece que ni él mismo lo sabe y claro, se cabrea cuando persisto con el ultimátum. ¿Por qué será todo tan complicado? Si no viviera esta situación en primera persona, incitaría a vivir con la mayor sencillez y naturalidad del mundo. Pero no puedo.

Quedamos en el aire. O mejor dicho, entre su aire y mis cuestiones concretas. Me da impresión que al menos que ceda, no va a haber punto medio.

Diciembre 15, 2003

Lo que pasa cuando no pasa nada

Reconozco que estoy un poquito ido, un poquito ausente de todo. Y la culpa es de R. Claro, la culpa no es de R. (hasta donde conoce mi situación), la culpa es mía. Porque seamos claros, no estoy aturdido ni nada por el estilo. Sé lo que hago, y soy consciente de mis sentimientos, que pese a las temeridades de las últimas dos semanas, han ido mucho más lejos que mis obras.

Como ya he dicho anteriormente, es difícil que una pareja de ocho años y pico pueda competir involuntaria e inconscientemente en un concurso tan caprichoso y arbitrario. Es una injusticia de mi parte, pero mi ilusión es injusta, no lo puedo remediar. Y las cosas van bien, por qué no decirlo, hablamos más, nos compenetramos (risitas) mejor, etc...Pero se me cruza R. por la cabeza. Aún en estos siete días donde apenas hemos hablado. Ha sido un poco humillante, porque al pasar de mí me ha demostrado indirectamente que soy plato de segunda mesa. Que R. tiene otras prioridades, como buscar novio, atender a los hijos de su ex pareja, adaptarse a un nuevo empleo, etc... Es casi mi sino.

Todo adquiere un hálito surreal. A las demás amistades no les puedo comentar esto, a él le comentaba lo que me pasaba con el husband pero ahora tampoco le puedo comentar esto. Anoche estaba cenando con varios amigos y me di cuenta que me reprimía, que aunque me hubiera gustado decir algo, además de las alianzas con el husband, resulta demasiado despreciable. Hay que ser tan relativista como yo para dar un consejo certero: «eres gilipollas» o «anda con él». O uno intermedio, más extremo: «¿Cómo se te ocurre?» En fin, quizá me sirva con tener este blog y personalidades múltiples.

El viernes hablé brevemente con R., me quería invitar a un recital el sábado. Le dije que a lo mejor, luego me llamó para decirme que un chico con el que acaba de romper aceptó de última hora la oferta, y entonces nada. Y nada más. Ayer le llamé, y me contestó hoy. Quizá me invite a su casa, y me dejaré arrastrar. Me dejo arrastrar porque me hace ilusión, no lo niego.Y no sé si la seducción light seguirá en pie, si querrá una normalización o una definición.Yo tan amigo de tener las cosas claras, rehúyo a la normalización en este caso. Dejaría de ser un juego infantil para convertirse en algo más serio, y sencillamente no estoy para el trají este año.

Mientras tanto, procuro ser funcional, publicar sandeces y opiniones arrogantes en mis blogs, y ser buen marido (sin tener en cuenta esto, claro). Comprar regalos para unas fiestas que me caen mal, pero que me he dejado poco a poco engatusar por ellas.

Diciembre 9, 2003

Los miedos y la infidelidad

Dicen que hay muchas clases de infidelidad, en una orquilla que abarca la más pedestre (la física) hasta otras emocionales más complicadas. Tengo un amigo que dice que el mero hecho de fijarse en alguien y desear a esa persona, sin ir más lejos, constituye adulterio. A tanto no llego, pero sí propongo una teoría propia: se es infiel cuando preocupa e interesa más una persona que la misma pareja.

Claro, tu pareja sufre una desventaja clara. Le ves todos los días, estás acostumbrado a él, y su apoyo es tan continuo que apenas es perceptible en lo cotidiano. Pero ocho años y 3/4 son muchos, mucha costumbre, mucha confianza y mucha falta de regeneración.

Ayer libré y estuve gran parte de la tarde y noche en casa de R., viendo las noticias, comentando, hablando. Y de repente me suelta que ha roto con el chico que venía saliendo. ¿Qué chico? ¿Hay otro gallo en este gallinero? Desconcierto total. Desconcierto total absurdo e infantil, por tantas razones que no hace falta mencionar. Pero nada, le parecía demasiado hipersensible, y le dejó. Ahhhhh. Al poco me da un abrazo. De la nada, un abrazo fraternal. Y yo me vuelvo a hacer preguntas sobre la inmensa cantidad de mensajes cruzados y contradictorios que nos estamos enviando mutuamente.

Nos conocemos el reglamento, nos repetimos los artículos y la normativa hasta la saciedad: «No voy a ponerle cuernos al husband», «No quiero una vida de pareja», «no me debes malinterpretar», «somos amigos y punto». Pero las palabras van por un lado y los sentimientos, tan contradictorios ellos, por otro derrotero. Un lío.

Anoche conduciendo hasta casa (el husband llegó bastante más temprano del ensayo que de costumbre) decidí así de sopetón que iba a dejarle, que me iba con R. Pero el problema es que probablemente estaría solo, me quedaría sin nadie. Y la idea me aterra, lo confieso. Quiero nadar y guardar la ropa porque le tengo espanto a vivir nada más conmigo mismo. Es la peor confesión, la que más miedo me da de todas.

Diciembre 7, 2003

Conversaciones vitales

Anoche me acabé yendo a casa de R., después de hacer las paces por el incidente de agosto. Me ha pedido perdón unas 10 veces por eso, y al final, como en Good Will Hunting, se lo acabo dando.

R. es géminis, y confieso que tengo cierta debilidad por ellos (estuve enamorado de uno durante varios años). Y en fin, empezamos a hacernos amigos cuando ambos transcendimos nuestras caretas: él la del brutote insensible y yo la del frío amargado.

Como anoche el husband tenía que ir a dos funciones, me pasé gran parte de la noche en casa de R., viendo la intragable Piratas del Caribe y hablando. Al igual que el husband, R. ha estudiado sicología, pero le fascinan más las personalidades (sobre todo la mía). Siento que me está echando los tejos, y de vez en cuando se pasa un poco, como alguien que quiere ver hasta dónde llegan los límites.

Pero por lo poco que me conoce R., me conoce muy bien. Parece contradictorio, pero no lo es. Mis dos grandes problemas, lo sabe, es no saber decir que no y callarme todo. Hablamos del husband, de cómo están las cosas actualmente (que ni bien ni mal, sencillamente en una inercia). Confieso que creo que no me deja porque sencillamente no tiene dinero.

Y me dice que hablo de las cosas como si no tuviera control sobre ellas, como si fuera un espectador de mi propia vida. Que tengo control. Por otra parte me dice que él no cree en las parejas, ya ha tenido tres de más de tres años de duración, y que tarde o temprano la gente se rinde. Nada optimista, la verdad.

Vemos la increíble Kandahar, una de esas numerosas joyitas que demuestran que el cine iraní no tiene nada que envidiar a ningún otro. Y nos vamos a cenar tardísimo a La Carreta, un restaurante cubano. Cuando salimos del coche me coge de la mano, no sé qué pensar. Salvo que qué guapo está y la vergüenza que me hace pasar (la idea de que si sigo saliendo así con él y pensando estas cosas vamos a acabar tarde o temprano en la cama, también se me cruza por la cabeza).

Y está guapo, no hay vuelta de hoja. Me da a entender muchas cosas, y entre ellas que esta es una amistad peligrosa (no porque tenga malas costumbres, salvo la de intentar seducirme de forma pasiva). No sé cómo vamos a acabar, cuándo diré basta, cuándo se rendirá, cuándo me cansaré. Lo que sí sé es que su amistad-tejo hace que el husband me resulte más llevadero. Me alegra.

Y me confunde un montón, claro. Porque hay algo que no cuadra, y lo sabemos ambos. Algo que no tiene la más mínima lógica, jugando a una especie de ruleta rusa por morbo.

Mientras consumo mi delicioso bistec a la milanesa, me comenta que las parejas han de tener mucho en común. No lo sabes bien, majo, no lo sabes bien.

Agosto 21, 2003

I'm sorry, so sorry

Hoy, al irse (aunque yo madrugo, él tiene que entrar a trabajar antes), dice lo siguiente: «Me acabo de dar cuenta que de repente tengo tres obras seguidas otra vez». Mi mirada fue seca, esquiva, contesté con un parco sí. «Bueno, se acaba pronto». Y yo pensé, se acaba pronto hasta que encuentres la obra perfecta para noviembre. Y así otra vez.

El resucitado gran cine argentino tiene una joyita, El hijo de la novia. Es una película muy manipuladora, pero genialmente hecha, todo parece natural. En ella, Natalia Verbeke es la sufrida novia de Ricardo Darín, la que le aguanta sus idioteces, sus dudas, sus afrentas anónimas. Hasta que un día le dice: «yo merezco la pena».

Yo merezco la pena también. Si hace tres meses llegamos a una crisis debido a una separación emocional, una crisis que nos llevó al borde del precipicio y a las oficinas de un terapeuta, nos sirvió para asustarnos. Por lo menos a mí. Me asusté e hice todo lo humanamente posible por no caer. No nos ha ido mal desde ese entonces, aunque tampoco demasiado bien: hemos conjugado lo precario con lo cotidiano.

El gesto mínimo que me esperaba es que no aceptara otra obra para octubre, que ya lleva siete obras este año. Que aprovechara octubre para reanimarnos un poco, para esforzarse como yo me he esforzado. Y no ha sido así. Quizá porque no lo ve así, pero no es responsabilidad mía, tras ocho años y medio, indicar lo que es recomendable, ni tampoco lo es dar ultimátums. Tras la fragilidad del tema, y después de la conversación del domingo, considero esto una especie de hari kiri subconsciente.

Y no voy a soltar el ultimátum, ni a exigir que elija entre el teatro o yo. Es obvio quién ha ganado.

Maduro y sopeso mi decisión de aquí al domingo, y se la comento ese día.

Me siento fatal, no por la acción, sino por lo trágico que es esto: dos personas que se quieren y respetan bastante han fracasado. Creo que el puntal que ha cedido ha sido no tener casi nada en común. Ni la música, ni el cine, ni el activismo, ni el gimnasio, ni la cultura, ni el idioma, ni el teatro. Amor vincit omnia, pero sólo temporalmente. A la larga, la falta de convergencia pasa factura.

Esto representa problemas logísticos, económicos, de convivencia y jurídicos (hay una unión civil de por medio que no puede ser disuelta a menos que uno viva en Vermont durante un año). Pero ya no tengo miedo, ambos nos merecemos algo mejor. No somos malas personas, no somos ogros ni sádicos. Sencillamente, aparte del amor tenemos muy poco en común. Y yo no puedo ser más su felpudo. No voy a decir que es un malvado dickensino (ni benaventino, con el perdón de los brigecinos), pero no puedo plegarme más todavía. Yo merezco la pena. Y él también.

Agosto 15, 2003

Cuando menos hace falta

Anoche salí un poco tarde del trabajo, y me fui a casa de R., que está siendo una gran ayuda. Me quejé, me desesperé, lloré un poco, me desahogué y me ayudó mucho. Y entonces, cuando me abrazaba, me empezó a abrazar bastante fuerte. Y entonces empezó a besarme la frente, muy cariñosamente. Eso hacen los amigos, ¿no? Y a acariciarme el pelo. Eso también. Y a jugar con mis labios. Ummm, eso ya no. Y a intentar meterme la lengua. Pues vaya, eso tampoco.

Me siento como en esa famosa escena del Expreso de medianoche, cuando Brad Davis está en los baños con el sueco y le tiene que detener sus avances. Salvo que no fue tan pacífico, ni tan bonito, ni tan cariñoso.

R., la verdad, es que es de bastante buen ver. Pero ayer me sentía frágil y vulnerable, y no era para eso. Me fui a ver a un amigo, no a echar un polvo. En cualquier otro momento me lo hubiera pensado, pero no anoche. Pareció entenderlo (me cuesta mucho rechazar a la gente, no me gusta nada herir los sentimientos de nadie), pero le cambió la cara. Parecía que de repente su salón tenía 10 grados de temperatura menos. Al poco me fui, más cabreado y triste de lo que entré. Esperé al husband, pero a las doce el sueño pudo conmigo.

Esta mañana le saludé mientras entredormía, está resfriado y hecho mierda. Pero la función debe seguir. Entiendo perfectamente cómo se siente.