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Septiembre 26, 2006

El cruce (y XII)

«De cualquier manera, cada uno ahora tiene que pagar una multa de cinco mil dólares en la Aduana», espeta.

También viene el aviso de que El Alteñito puede irse con nosotros, y el supervisor me acompaña a decírselo. Van a tardar un tiempo en procesar sus papeles, y El Alteñito, como reo indocumentado, tiene que permanecer en el calabozo.

Le pido al supervisor quedarme con él, se lo piensa y suelta: «bueno, pero no hagáis nada».

Estamos estupefactos. No hay duda de que esto ha sido difícil y traumático, pero el resultado final no puede ser más benigno.


Al poco viene un agente que lee los documentos. No hay fecha todavía para una audiencia de deportación, pero calculan que será fijada para noviembre. Tendremos que cambiar el tribunal, de Boston a Miami, pero por lo demás puede viajar y tiene, irónicamente, permiso para permanecer en Estados Unidos hasta el fallo definitivo.

Aunque bastante sorprendido, estoy como unas castañuelas. H1 me tiene que decir un par de veces que no debo sonreír tanto.

Bajo al primer piso, escoltado por un agente y relleno un formulario de la Aduana. El funcionario que me atiende me pide que escriba los motivos para atenuar la multa administrativa por cruzar la frontera de forma ilegal (o sea, entrar a Estados Unidos sin presentarnos en un puesto fronterizo).

«Puede hacerlo en cualquier idioma, una señora lo hizo en suahili la semana pasada y se aceptó», reseña con tono irónico.

En el pliegue digo que acepto mi culpa y que lo sentía. Al poco me reducen la penalidad a 500 dólares.

Y ni siquiera lo tengo que pagar en ese momento: «le enviaremos un papel por correo».

Tardamos un poco en salir porque el agregado está tomándonos fotos y apuntando todos los números de teléfono de nuestros móviles. Tenía ganas de quedarse con el monotubo de visión nocturna («ha sido utilizado para cruzar la frontera ilegalmente», razona). Le digo que se lo quede, pero al final sus superiores invisibles dicen que no.

El Alteñito es por fin liberado. Le acompaño a las oficinas de la Aduana y se repite la operación.

25. El sabor de la libertad Los patrulleros nos gestionan un taxi (la agencia de alquiler se llevó el jeep alquilado de la comisaría de Groveton). Y hasta se ofrecen a llevarnos a un restaurante cercano.

«Dime por qué motivo debo ayudaros a llamar a un taxi», pregunta uno de los más insatisfechos.

«Por mí, ninguno, pero por H1, sí», respondí.

A las 15 horas del 15 de julio de 2006 salimos por la puerta de las oficinas de la Patrulla Fronteriza en Beecher Falls. Un patrullero nos mete en su todoterreno y nos conduce durante cuatro kilómetros hasta el restaurante Spa, en West Stewartstown, Nueva Hampshire.

No sé lo que pensaría la gente al ver a tres personas, una de ellas por lo menos con rasgos poco anglosajones, ser descargados frente al restaurante por un patrullero fronterizo.

Nuestra primera comida en l«libertad», la primera del Alteñito en Estados Unidos, fue de una hamburguesa. Nos supo a gloria.

Cada cual reaccionamos de una manera distinta. Aparte de la incredulidad y agotamiento de los primeros días, El Alteñito y H1 se fueron por el sendero del olvido. No hay nada como negar la memoria para que no exista.

Yo, sin embargo, no pude. En menos de 48 horas tenía un breve recuento de lo ocurrido. Y las pesadillas fueron recurrentes hasta que logré plasmar de la memoria este relato más detallado a las tres semanas de los hechos.

Septiembre 25, 2006

El cruce (XI)

Después del segundo interrogatorio, me voy con el supervisor a hablar con El Alteñito y traducirle: «Puede que ocurran dos cosas, la fiscalía puede encausaros a ambos por delito de tráfico humano. Hay dos eximentes, que no fue por ánimo de lucro y que solo fue una persona. Si os encausa, entonces depende si os dejan bajo fianza, pero eso no se sabrá hasta la semana que viene.

«Estaríais presos hasta entonces. Si no conceden una fianza, estaréis presos hasta la fecha del proceso, de aquí a un mes. Si el fiscal decide no encausar, entonces Parsimón puede irse.

«Pero El Alteñito entonces tendría que ver si es retenido hasta su audiencia de deportación, o si es liberado».

Tras la explicación, me sientan con H1 y con el rollizo y fortachón. Los dos agentes no están de buen humor, llevan más de 24 horas sin dormir. Con toda la humildad que puedo acumular, denuncié mi arrogancia y le dije al rollizo que anoche me había dado una forma de salir y no la utilicé.

Se jactan: «ya acertamos casi todo, teníamos los datos como CSI Miami». Prefiero no comentar que pese a la pericia forense, no dieron con El Alteñito, que estaba en un pequeño arbusto a un metro de la carretera y a unos palmos de sus vehículos y linternas.


«¿Hay alguna agente femenina en vuestro cuartel?», pregunta H1.

«No», responde el rollizo. «¿Viste al señor mayor con bigote? Es lo que más próximo que tenemos a una mujer». Le miro a los ojos. Entre la camiseta (que ya se ha quitado) y este comentario, le estoy cogiendo bastante manía.

Entonces viene la noticia, no voy a ser procesado.

El rollizo y el musculoso miran con estupefacción y fastidio: «tanto trabajo para nada».

«¿Te acuerdas de Matrix? Pues haz como Keanu Reeves al evadir las balas, porque te acabas de librar de una buena».

Vienen entonces las advertencias, los «no vuelvas a hacer esto», las revisiones de ordenador portátil, móviles y cámaras fotográficas.

Intento ser muy cortés, agradecer todo, hasta les prometo una cesta navideña. El rollizo, por supuesto, se ocupa en encontrar el lado de la estulticia.

«¿Quiere comprar su libertad con una cesta? ¿Cree que nos influenciará con eso?» «Bueno, no. La ofrecí cuando ya habían anunciado que no me procesarán. Por lo cual, no es un intento de soborno», respondí.

La respuesta del rollizo es silencio, entorna los ojos. Nos contó que después de varios años en la frontera con México, se mudó a la frontera norte. Me temo que si hubiéramos cruzado por Sonora en lugar de Québec, el trato hubiera sido muy distinto.

Septiembre 21, 2006

El cruce (X)

«Usted tiene derecho a tener un abogado. Si no puede pagarlo, se le proporcionará uno de manera gratuita si así lo desea. Usted tiene derecho a que su abogado esté presente durante cualquier interrogatorio.

«Usted puede ejercer cualquiera de los derechos anteriores en cualquier momento, antes de o durante cualquier interrogatorio, o al hacer cualquier declaración.

«Para renunciar a estos derechos, usted debe conocerlos y entenderlos y después de haber sido informado de ellos, elegir de manera voluntaria contestar preguntas».

Todo consejo que he oído en mi vida es que jamás se ceden los derechos, nunca se confiesa un delito ante las autoridades salvo que te lo recomiende un abogado un abogado.

«Cedo todos mis derechos, estoy dispuesto a contar la verdad».

Empiezo a dar detalles sobre cómo El Alteñito y estoy francamente agotado, física y emocionalmente.

«No nos importa qué relación tiene con El Alteñito», dice el lánguido con mirada comprensiva.

«Mira, estás siendo directo y diciendo toda la verdad. Eso los jueces lo toman en cuenta…no te preocupes, haré que el informe te sea favorable».

El supervisor, un señor cincuentón que estaba presente anoche, empezó a decir que no me preocupara y a agradecerme la cooperación. «Ahora sí que estás diciendo la verdad».

Suelto los detalles, la tienda de campaña, el monotubo de visión nocturna, la caña, todo.

«Hay otras formas de entrar a Estados Unidos legalmente, ¿por qué elegisteis esta?» Le conté lo de la visa denegada. Su gesto era comprensivo, humano.

En el otro cuarto contiguo, oigo las carcajadas de H1, hablando de bailes tropicales. Hacía ya varios minutos que le habían preguntado sobre las drogas y ella contestó: «Miren, esto no es sobre drogas, es una historia de amor».

Gracias a la carcajada, El Alteñito se enteró que estábamos en el cuartel. Estaba recluido en un calabozo en el mismo piso.

A mí me siguen pidiendo detalles, aunque cada vez está más claro que el posible procesado voy a ser yo. H1, insinúan, irá libre porque no sabía nada.

El supervisor interrumpe. «Parsimón, El Alteñito no quiere hablar. Ya le he dicho que estás aquí, que has confesado todo, pero aún así no quiere decir nada».

«Si quiere le pido que diga la verdad, agente».

El calabozo estaba a unos 20 metros de la oficina. Dentro, El Alteñito tiene cara de derrota, jamás olvidaré su gesto. Por alguna razón inexplicable estoy casi efusivo, creo que sería porque ya no había que fingir nada. Que por lo menos para el Alteñito se acababa el suplicio.

«Mi amor, no te preocupes, di la verdad. Te pondrán en un vuelo a México, a mí quizá me procesen, pero cuéntales todo, cómo cruzamos, que H1 no sabía nada, cómo nos conocimos, todo».

Nos abrazamos, besamos y salgo de la lúgubre celda. De vuelta en las oficinas, me toman las huellas dactilares, y veo que hay una persona de estatura mediana tirando a pequeña, sin uniformar. Al parecer es el «agregado» de la fiscalía y del Ministerio de Seguridad Interna.

Dicho agregado me mete en la oficina, y me interroga otra vez. Cuento lo de la aduana el jueves, los nervios, el camping, todo.

Me pide mayor detalle. Nombres, horas, precios. Le cuento lo mejor que puedo. El supervisor viene a echarme una mano, reiterando que he contado la verdad.

Al poco tiempo viene un agente de la Policía Montada de Canadá. Ha ido al camping para constatar que la tienda de campaña y el saco de dormir estaban en la basura. La dueña del camping también ha confirmado nuestra presencia. Aprovecha y me pregunta un par de cosas.

Septiembre 20, 2006

El cruce (IX)

Me mete en su coche patrulla. Acto seguido hace lo mismo con H1. Al entrar, se pone a llorar. No sé qué pensar en ese momento, en mantener la dignidad, en contar todo, en absolverla, en El Alteñito. ¿Cómo estará?

«Yo no he hecho nada, agente», le dice al policía.

«Sólo se que tienen una orden de detención de la Patrulla Fronteriza. Les vamos a retener hasta que ellos nos digan qué hacer o les vengan a recoger», contesta el joven agente de la policía municipal.

Poco después viene un detective de la policía estatal, joven y con corbata. Nos repite lo del agente, y nos dice que nos van a registrar el coche.

«Si tienen algo ahí que no deberían tener, mejor me lo dicen ahora. Aparte de ser un delito federal tener contrabando de drogas, es un delito estatal y local», comenta.

Hago un inventario rápido de dónde están las recetas para las seis pastillas o así que tengo en mi neceser, y concluyo que lo puedo demostrar todo.

«No tenemos nada que ocultar, señor detective. Esto no tiene nada que ver con el contrabando. Mis manos se me están durmiendo, ¿me podría aflojar las esposas?» Responde que estoy recostándome sobre las esposas y que eso acentúa el dolor. Pero al poco el joven agente nos las afloja.

Nos llevan a una pequeña comisaría local, y de atarnos las esposas posteriormente nos las ponen por delante. Mientras esperamos a que nos recoja la Patrulla Fronteriza, el detective nos pregunta qué ha ocurrido.

Le comento que pasé a mi novio (cara de sorpresa) y le capturaron.

Entonces empieza la exageración, no puede evitar que se le vaya la mano: «Miren, la zona centro sur de la provincia está controlada por los Hells Angels, una pandilla de motociclistas [¡!] que efectúa el tráfico y contrabando de drogas. Si no tienen nada que ver con eso, mejor díganlo desde ahora».

Por un momento me confunde. No he dormido nada, estoy atado con esposas al lado de H1 en una comisaría. ¿Está insinuando que traficamos en droga o que los Hells Angels se van a vengar?

A los 20 minutos, llegan los dos patrulleros de anoche: el rollizo y el musculoso. El primero me mira y me dice: «no puedo creerme que hayas dejado al Alteñito ahí toda la noche».

Nos dicen que El Alteñito está bien, y que le podremos ver antes de que lo deporten.

«Vimos tu foto del Gran Cañón», comenta el rollizo. «Le pregunté al Alteñito si era tu amigo».

«Son amantes», sentencia H1.

«Sí, quería ser diplomático», dijo con una sonrisa. Tampoco han dormido nada anoche.

El rollizo insiste en llamar a la agencia de alquiler para que se lleven el coche en grúa.

Es un desquite por las mentiras de anoche, me tiene manía y le sobran las razones.

Nos quitan las esposas y nos meten en su jeep patrulla. «El Alteñito será deportado en unas horas a México», me dice el fornido.

El rollizo lleva una camiseta con un dibujo de varias personas, vestidas típicamente como mexicanos (con sombreros y todo), entrando a un camión de detención del servicio de inmigración. «Ándale, ándale, la migra is here», reza el pie.

Durante el silencioso y largo viaje de vuelta a la frontera, no dicen nada más. H1 y yo nos miramos de manera fúnebre. «Tienes que decir que yo no sabía nada» Entramos al cuartel a eso de las 10:30 de la mañana.

Las oficinas de la patrulla están en el segundo piso, accesible por unas escaleras. Tienen cuatro oficinas. H1 es sentada en una y yo en otra, junto al lánguido agente de esta mañana. Me siento a su lado izquierdo en un gigantesco y vetusto buró mientras empieza a tomarme la declaración.

«Le voy a leer sus derechos: Tiene derecho a permanecer callado. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra en un tribunal de justicia.

Septiembre 19, 2006

El cruce (VIII)

Tampoco sabía que El Alteñito seguía en el arbusto, rodeado de patrulleros. Sabrán mucho de huellas, pero por alguna razón no habían detectado al Alteñito. En ese momento, se fundió el tiempo y rezaba (sí, rezaba) para que yo no pasara a recogerlo y para que se resolviera todo esto.

Se me cruzó por la mente ir de nuevo a por él, pero no hice nada. La primera luz del día empezó a despuntar a las 4:40. El 15 de julio de 2006, el sol salió a las 5:14, iluminando un paraje lleno de niebla.

H1 se quiere ir. «Sencillamente no me puedo exponer a esto, puedes volver si quieres». Cargamos el equipaje, y al salir vemos todo cubierto por la neblina.

Por alguna razón no han capturado al Alteñito. Quizá volvió a Canadá o a lo mejor le dio cobijo alguien. Mi sugerencia de ir a buscarlo es rechazada. «No me puedo arriesgar», repite H1.

Menos mal, porque al llegar al pueblo más cercano, nos esperaban tres vehículos de la Patrulla Fronteriza.

Un lánguido agente nos detiene. Nos pregunta brevemente dónde vamos y por qué; nos registra el jeep. Es una señal más de que no tienen al Alteñito.

Seguimos por la carretera federal en dirección sur, hasta que poco a poco recibimos señal para el móvil, algo que no existe en la zona fronteriza. Tengo dos mensajes, pero ninguno de los dos son del Alteñito. ¿Dónde estará? El Alteñito había pasado toda la noche rodeado de agentes fronterizos, o por lo menos de sus vehículos. Estaba recostado en la base de un arbusto y milagrosamente no fue encontrado. Pensaba que me habían detenido.


Al alba, se dio por vencido. Se fue al vehículo de la Patrulla Fronteriza para entregarse, y se dio cuenta que estaba vacío. Entonces decidió ir por la orilla del algo, amparado en la niebla, hasta llegar a la altura del motel. Ahí no vio nuestro vehículo.

Ya desesperado, se entregó a un patrullero fronterizo que pasaba por la zona. «Estoy buscando a mis amigos», dijo.

Poco después vino el agente rollizo a interrogarlo y no fue nada educado. Pero entre sus cosas estaban dos fotos mías y mi número de teléfono.

Ya estábamos a unos 100 kilómetros del lugar de los hechos. Mi móvil sonó a las 7:53.

«Parsimón, soy el agente de la Patrulla Fronteriza. Tenemos al Alteñito [utilizó el diminutivo, aun en inglés] y tiene tu número de teléfono móvil. Tenéis una orden de detención dos estados. Volved inmediatamente».

«Bien, ¿dónde volvemos?» «Al motel. Y ponme a H1».

A H1 le dice lo mismo, y damos la vuelta. Llamamos a un par de amigos: «vamos a ser detenidos, esperad noticias».

«No me puedes implicar», me dice H1. Y tiene razón. Es el momento en el que veo que todo se me esfuma: mi trabajo, mi casa, El Alteñito… Con un antecedente criminal tendría que plantearme emigrar, pensé.

El agente rollizo había sido inmisericorde y vulgar con El Alteñito. Le preguntó que cuántas personas estaban en la maleza y que cuánto me había pagado para cruzar.

Apenas transcurrieron 40 kilómetros cuando nos detuvo un agente policial municipal.

Nos pregunta los nombres, le decimos que vamos a reunirnos con la Patrulla Fronteriza.

«Pongan sus manos sobre el volante y el salpicadero, por favor». Primero me saca a mí, me pone contra el jeep y me pone dos esposas, bastante ceñidas.

Septiembre 15, 2006

El cruce (VII)

El que me interroga principalmente es uno rollizo, creo que se apellida White, y por fin les muestro las botas. Al ver el rastro de barro, piden ver la cabaña.

-¿Verdaderamente creen que tenemos a alguien aquí?
- Su versión es muy rara.

Sé que si fueran policías, podrían registrar la cabaña. Pero los poderes de la Patrulla Fronteriza son bastante limitados en lo que a registros de inmuebles se refiere. Me resisto.

«Mire», dice el rollizo, «si no quiere, dejo a un patrullero aquí mientras obtengo la orden de registro de un juez». Está cabreado, son casi las dos de la madrugada y no se cree una palabra de lo que digo. Accedo.

Registran la cabaña, y se concentran en la maleta del Alteñito. Dentro, hay un suéter rosa y una camisa de flores.

«Esto no puede ser suyo», me dicen. «Le aseguro que si se prueba esa camisa no se puede cerrar ni el primer botón».

«Lo compré en un mercadillo, es para mi madre».

«Por favor, deje de mentir. Sabemos que no compró eso, porque ayer cruzó un puesto aduanero con ropa de mujer. Y se envió una alerta con su nombre a varios cruces. Le estábamos esperando».

También se fijan mucho en mi monotubo de visión nocturna. Entre la broza había tanto que preocupaba que ni lo utilizamos. Pero tampoco se lo creyeron.

El rollizo está adquiriendo fuerza moral y lógica. Sabe que tiene un caso, lo intuye de sobra, y al verme nervioso ya huele la sangre.

Decido cambiar mi historia, les digo que me perdí en el lago fronterizo en lugar del otro, y que creo que crucé la línea internacional por error.

«No se lo dije porque creo que es un delito».

«Si cruzó ilegalmente por descuido, no le voy a hacer nada. Pero díganos, ¿quién está por ahí? ¿Cuántos hay?» Me mantengo en mis nuevos trece, sé que si cambio otra vez mi versión ya la sospecha sería irremisible.

«Si me dice dónde están, sólo le multaremos cinco mil dólares». Reitero mi ignorancia.

Empiezan a decirme que hay una osa con cachorros, alces, todo tipo de animales peligrosos que podrían matar a una persona.

No me convencen porque se nota a la legua que me quieren asustar y además, El Alteñito está pegado a la carretera. Para colmo, exageran diciendo que hay coyotes.

«Aquí está sucediendo una de dos cosas. O está haciendo un reportaje, para ridiculizarnos y resaltar la inseguridad de la frontera norte, o está cruzando a un ser querido, a un familiar. ¿Tiene a algún pariente que viva en El Terruño que quiera cruzar?»

No, no y requetenó. Le echo leña a la caldera de las mentiras. «Mire, tomo Prozac, Y no he tomado en los últimos dos días. Estoy muy nervioso y confundido. Sé que no tiene sentido lo que he hecho, pero debe creerme. Para mí tampoco lo tiene».

H1 me echa una mano, diciendo que estoy en un momento muy frágil. Yo empiezo con mi mejor imitación de una pataleta de Raymond, el de Rain Man. No cuela nada.

«Les voy a dejar», anuncia de forma ominosa. «Pero si encuentro rastro de una persona o de droga, vamos a volver a recogerle, ¿sabe?» Protesto. Intento que el Rain Man de Dustin Hoffman se encarne en mí.

«Soy un experto forense en huellas, y sé que las vamos a encontrar por ahí. Ya ha confesado que estuvo en el lugar de los hechos. Es cuestión de testificar».

Una vez más mantengo mi inocencia.

«Si usted no ha hecho nada, no tiene que temer. Pero si le veo mañana asomándose al lago, le vamos a registrar todo».

Al poco se despide. Son pasadas las tres de la madrugada.

Intento dormir, pero no puedo. Espero que El Alteñito, de alguna manera milagrosa, llegue hasta la puerta. Cada ruido de coche se convierte en algo desazonador. No sabía que la Patrulla se quedó un buen rato espiándonos discretamente.

Septiembre 14, 2006

El cruce (VI)

El Alteñito se hace a su lado, yo al otro, mal ocultado por un árbol. Mientras El Alteñito se esconde entre un arbusto pequeño, yo doy la cara, prefiero que el agente me pare a mí.

Pero sigue de largo y se interna en el camino. No me lo puedo creer, le llamo con voz tenue, pero no me oye. Le digo al Alteñito que siga en el arbusto y que volveré por él. Salgo a la carretera, andando por el arcén derecho. Tengo pinta de haber surgido del mismo lago.

El patrullero al parecer no nos ha visto. Yo sigo a paso ligero por el arcén izquierdo, cuando veo que la furgoneta de la patrulla ha dado la vuelta y va a pasar por mi lado.

Prefiero acercarme antes de apartarme, y le hago una señal de parar. Al patrullero, un fortachón, le digo que me he perdido en un lago cercano, y me acerca al motel.

Alcanzo la cabaña del motel a eso de la 1 de la madrugada. H1 está medio dormida, y le pido que conduzca a recoger al Alteñito. Me doy cuenta que lo tengo que hacer yo: implicaría que ella arriesgase algo con la Patrulla Fronteriza.

Con un lente de menos, me acerco al punto donde dejé al Alteñito, para descubrir que ya hay varias furgonetas blancas con rayas doradas y verdes marcadas como «Border Patrol».

Pensé que ya habían capturado al Alteñito. Sigo un kilómetro más y doy la vuelta, resignado.

A los 20 minutos, si acaso, tres patrulleros fronterizos nos están tocando la puerta. La conversación, con gran resistencia de mi parte, iba así:
-Queremos ver sus botas.

- ¿Para qué? - Para ver si son iguales a las huellas que usted dijo que dejó en el lago.

-Pero las lavé.

- Da igual. Su historia no tiene sentido. ¿Por qué dejó la caña?
- Mire, estoy cansado, llevo dos días muy intensos, vine a descansar y ustedes solo tienen preguntas. Le dije que me perdí, se me cayó en el lodo, con la caja y un lente. Desorientado, volví. No había señal de móvil.

-Su historia no tiene sentido. ¿Por qué dio la vuelta? ¿A qué fue ahora con el Jeep? Quiero ver esas botas.

Al final es una pelea entre una persona desconcertada y agotada, y un patrullero fronterizo avezado en estos asuntos. Para colmo he elegido una versión inverosímil, mi coartada, por así decirlo, es una birria.









Cómo cruzamos la frontera

Capítulos:
I,
II,
III,
IV,
V
VI

Septiembre 13, 2006

El cruce (V)

Aparte del terreno encharcado, la broza y arbustos están por todas partes. Pierdo mi equilibrio, me levanto y sigo, algo tambaleado. Empezaron 700 metros horribles de la larga noche.

Cuando planifiqué el cruce, creé un punto imaginario, llamado «campo» al cual nos dirigíamos para evitar arroyos. El GPS actúa como una especie de brújula, añadiendo además la distancia hasta el punto. Pero llegar a campo es más complicado, porque de repente nos enfrentamos con un sinfín de maleza y charcos, totalmente oscuro.

Entre tropiezos, desniveles, la oscura noche y vegetación inesperada es imposible dirigirse en línea recta hacia cualquier lugar. Todo obstáculo es superado para dar lugar a otro. Y esto impide que me centre en el próximo punto. Tropiezo varias veces, me caigo en por lo menos dos. En varios puntos acelero y dejo al Alteñito a más de tres metros.

El GPS me dice que estamos bastante desviados, y que debido a la distracción de los arbustos, el punto «campo» está cada vez más lejos. Tenemos que torcer bruscamente hacia el este. Sólo se oye el graznido de los patos y el discurrir del agua en algunos arroyos. Pero ya el cansancio es demasiado. Tiro la caña de pescar y al poco se me cae un lente de las gafas.

Buscamos en el suelo, infructuosamente, iluminados por la tenue luz del Nokia 3200b del Alteñito. Tengo tres dioptrías en el ojo izquierdo, y me las arreglo para seguir sin gafas. En este momento, no tengo miedo sino más bien desesperación. Todo parece una película de horror.

De repente, tras casi 40 minutos, llegamos al punto «campo». Está en medio del pantano, pero ya para la carretera falta bastante menos. Por pura casualidad, tras un arbusto más, aparece un sendero muy bien marcado.

Estamos cansados, sorprendidos y empapados. Tengo mis brazos descubiertos llenos de rasguños. Ha sido una experiencia traumática.

De la claustrofobia del pantano, rodeados de matorrales altísimos y árboles hemos pasado a un tétrico llano. Nos volvemos a tomar la mano, y avanzamos como dos zombis, sin saber exactamente adónde. En una parte del camino creo ver una luz tenue, entre blanca y verde pálida. ¿Será un detector de movimiento? Prefiero no averiguarlo, ya lo hemos atravesado y no estoy de humor para dilucidarlo.

Pasamos cerca de dos casas abandonadas y de repente, a unos 300 metros, se vislumbra la carretera estatal. Nos separamos un poco, casi a dos metros de distancia.

El Alteñito va por una línea de setos en la izquierda, yo tomo la parte derecha del camino. A menos de diez metros de la carretera, veo llegar a un coche. Es de la Patrulla Fronteriza, y enfila por el sendero.

Cómo cruzamos la frontera
Capítulos: I, II, III, IV, V VI

Septiembre 12, 2006

El cruce (IV)

Como se puede ser ambientalista y contrabandista de humanos a la vez, decido tirar la tienda de campaña y el saco de dormir en el basurero del camping. Pero al preparar todo para la marcha, me doy cuenta que la unidad de GPS, la que nos orientará en el bosque, estaba dentro de la tienda de campaña.

Estamos nerviosos y El Alteñito, a quien siempre había visto tan tranquilo, apenas puede disimular su furia. «¡Es lo más vital para esto!» me reprocha. Recupero el GPS, y con una leve mochila, salimos del camping a las 23:30 horas. Por la parte superior del campamento pasa un sendero que entre el bosque conduce a la frontera.

Aunque seguimos decididos, creía que emprender acción sería por lo menos una especie de bálsamo tranquilizante. Pero no, en la hora de la verdad tengo el estómago algo revuelto. En el sendero de grava hacemos un poco de ruido, y nos molestan las luciérnagas en la oscuridad casi total. Vamos casi todo de la mano, sin saber muy bien qué hacer si alguien nos pilla: dos desconocidos a menos de 400 metros de la frontera.

Pero salvo el graznido desconcertante de los patos, hay silencio. Detengo nuestro paso un par de veces, pero pese a la paranoia nadie nos sigue. La frontera está muy cerca de donde el camino toma una curva hacia el oeste. Bajamos por un par de zanjas y nos encontramos con el límite internacional. Lo reconozco en la oscuridad porque es un descampado extenso, para que no quepa duda alguna de lo estamos a punto de hacer.

Podemos ver que la pálida luna, en tres cuartos menguantes, apenas acaba de salir.

Me acerco al Alteñito y le doy un beso. «Bienvenido a Estados Unidos, mi amor». El Alteñito sigue.

No me hubiera sorprendido que hubiera dicho que, mejor pensado, era preferible no continuar. Es más que comprensible confesar el miedo del momento. Pero no lo hace, me mira intensamente con una fe inexplicable y parece dispuesto a cruzar conmigo las llamas del averno.

Un símil apto para lo que vino inmediatamente después. Para salir del descampado hay que cruzar una pequeña zanja. Intento encender mi linterna, pero no funciona. Fue cruzar la frontera y en vez de cruzar a Estados Unidos, parece que hemos entrado a Dagoba, el pantanoso planeta de Yoda, en El imperio contraataca.

Septiembre 11, 2006

Pesadillas y más pesadillas

Durante el primer mes, las pesadillas eran casi continuas. Tenían que ver con la frontera, con la Patrulla Fronteriza, con guardias, leyes y límites. Gritaba, me movía, me despertaba. Poco a poco fueron reduciéndose. Parte de la terapia de exorcismo fue escribir al respecto, algo que estoy haciendo aquí. Juré que si continuaban con frecuencia buscaría ayuda profesional. Entonces pasaron cuatro semanas de paz nocturna.

Pero anoche volví a soñar con el tema. Es curioso la capacidad que tiene nuestro subconsciente de martirizarnos. Con el Alteñito no puedo hablar de esto, es una especie de memoria reprimida y cada vez que toco el doloroso tema le molesta bastante. 

Analizándolo, casi me parece una película. Cuando estás al borde de perder todo menos la vida y no lo haces por algún motivo divino o fortuito que no entiendes, el subconsciente tarda en descompaginar lo que uno ya ha puesto en la alacena de los recuerdos.

Cómo cruzamos la frontera
Capítulos: I, II, III, IV, V

Septiembre 8, 2006

El cruce (I)

Hace siete meses, el Alteñito obtuvo una cita para solicitar la visa de turista de Estados Unidos. En el Consulado de EE.UU., sin embargo, la solicitud fue rechazada sin mucha explicación.

Esa misma tarde, el 17 de febrero de 2006, un amigo me trajo a la cabeza la palabra Canadá. Los mexicanos pueden viajar sin visa a ese país, y quizá se pueda cruzar por ahí. La porosidad de la frontera norte de Estados Unidos era legendaria. Aunque consideramos otras opciones (que se fueron evaporando al escrutarse), esa parecía la final, la «rómpase en caso de incendio».

Pasó el tiempo, no nos pudimos ver en más de cinco meses, y la desesperación y la soberbia hicieron migas: «cruzar no debe ser tan difícil».

Desde el principio escogí la frontera de Vermont, estado que conozco bien, y aunque de entrada busqué lugares obvios, luego aparecieron unos más remotos. Finalmente concreté y opté por un pequeño lago de unos 10 kilómetros cuadrados de superficie compartido por ambas naciones. En la esquina noreste del estado, razoné, no habría mucha vigilancia.

Tras varios sobresaltos, reservé el hotel, compré los billetes de avión e hice los preparativos. H1, heroicamente, decidió acompañarnos, aunque tendría un papel absolutamente pasivo y creíble.

Me preparé comprando un lector de GPS y un monotubo de visión nocturna. Con numerosos programas geográficos y fotos, planifiqué todo. Preferí no compartir muchos detalles, no por secretismo, sino porque tantos datos podrían asustar. El Alteñito, me confesó, sólo quería que ocurriera rápido.

El plan era este: un viernes de julio, después de visitar Québec, montaríamos una tienda de campaña en un camping cercano a la frontera en el lado canadiense. H1 y yo pasaríamos la frontera, entraríamos en la cabaña de un motel, y luego volveríamos a recoger al Alteñito.

Después de cenar, dormiríamos un rato y nos despertaríamos a eso de las 3 de la madrugada. A esa hora cruzaríamos. Para evitar unos pantanos y arroyos, daríamos un pequeño rodeo en terreno que aparentaba estar seco.

Un kilómetro más tarde estaríamos en la carretera estatal, ya en Estados Unidos. El tramo más peligroso serían los 960 metros hasta la cabaña por carretera (había un albergue cercano que lo evitaba, pero ya estaba todo reservado). Pero en el peor de los casos, razoné peregrinamente, podría pasar con el coche.