El cruce (III)
Casi una hora después, tras un registro exhaustivo, me dejaron ir. H1, en una imagen apacible, me esperaba tomando al sol en el aeropuerto. Hora y media más tarde, recogimos al pobre El Alteñito, que ya estaba carbonizado.
Cualquier persona sensata se hubiera espantado con las dos trabas de ese día. Yo las atribuí al nerviosismo y al recelo de seguridad.
Mi mayor arrepentimiento fue no haber planificado más tiempo para pasar en esta joya de ciudad. El del Alteñito, me dijo más tarde, fue no haber insistido en quedarnos.
Antes de salir de la ciudad mágica el viernes a mediodía, compramos equipo de pesca.
Estaba diseñado para dar el pego en caso de ser interceptado en la carretera. Adquirí una caña, sedal, anzuelo, chaleco y gorro de pesca.
Condujimos el tramo hasta la frontera, los casi 300 kilómetros, sin hablar mucho.
Conseguimos un puesto en el camping sin problemas (no había nadie más). Monté la tienda de campaña con la ayuda de El Alteñito, y le dejamos ahí menos de una hora para cruzar la frontera. No nos pidieron ni preguntaron casi nada en el puesto.
Entramos en la dilapidada y carísima cabaña para dejar el equipaje, cambiarnos rápido y volver a Canadá.
Antes de cruzar la frontera, examino un poco el terreno donde llegaremos a la carretera.
Calculo que alcanzaremos la estatal cerca de unas puertas que dan paso a una finca, que tienen las pequeñas esculturas de unos leones. No he resuelto del todo cómo cubriremos los 960 metros entre ese punto y la cabaña.
Recogimos al Alteñito y cenamos en un pueblo cercano. La noche nos pilló dándonos un paseo para hacer un poco la digestión y hablar de cosas nimias. Es curioso lo trivial que podemos llegar a ser antes de tomar una decisión peligrosa.
H1 nos dejó en el camping con la última luz del día. Nos recostamos en el saco de dormir y pensamos en lo que íbamos a hacer. Salvo por algunos petardos intermitentes que celebraban, especulo, el Día de la Bastilla, y unos patos escandalosos, no hay mucho movimiento.
Las horas pasan lentamente, el tráfico a ambos lados del lago es tenue.
«¿Cómo celebraremos esta noche dentro de un año?» La pregunta de El Alteñito me parece enternecedora.
«Será nuestro aniversario del cruce, algo muy especial», comenté.
A las 11, tomo la decisión fatídica.
«Mi vida, vamos a adelantarnos. No sé lo que hay al otro lado de la frontera. Vamos a salir en cuanto podamos». A estas alturas del juego El Alteñito asentía. Hace preguntas discretas y periféricas, y no sé si verdaderamente cree que tengo todo controlado o sencillamente necesita tener esa ilusión.