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Septiembre 10, 2006

El cruce (III)

Casi una hora después, tras un registro exhaustivo, me dejaron ir. H1, en una imagen apacible, me esperaba tomando al sol en el aeropuerto. Hora y media más tarde, recogimos al pobre El Alteñito, que ya estaba carbonizado.

Cualquier persona sensata se hubiera espantado con las dos trabas de ese día. Yo las atribuí al nerviosismo y al recelo de seguridad.

Mi mayor arrepentimiento fue no haber planificado más tiempo para pasar en esta joya de ciudad. El del Alteñito, me dijo más tarde, fue no haber insistido en quedarnos.

Antes de salir de la ciudad mágica el viernes a mediodía, compramos equipo de pesca.

Estaba diseñado para dar el pego en caso de ser interceptado en la carretera. Adquirí una caña, sedal, anzuelo, chaleco y gorro de pesca.

Condujimos el tramo hasta la frontera, los casi 300 kilómetros, sin hablar mucho.

Conseguimos un puesto en el camping sin problemas (no había nadie más). Monté la tienda de campaña con la ayuda de El Alteñito, y le dejamos ahí menos de una hora para cruzar la frontera. No nos pidieron ni preguntaron casi nada en el puesto.

Entramos en la dilapidada y carísima cabaña para dejar el equipaje, cambiarnos rápido y volver a Canadá.

Antes de cruzar la frontera, examino un poco el terreno donde llegaremos a la carretera.

Calculo que alcanzaremos la estatal cerca de unas puertas que dan paso a una finca, que tienen las pequeñas esculturas de unos leones. No he resuelto del todo cómo cubriremos los 960 metros entre ese punto y la cabaña.

Recogimos al Alteñito y cenamos en un pueblo cercano. La noche nos pilló dándonos un paseo para hacer un poco la digestión y hablar de cosas nimias. Es curioso lo trivial que podemos llegar a ser antes de tomar una decisión peligrosa.

H1 nos dejó en el camping con la última luz del día. Nos recostamos en el saco de dormir y pensamos en lo que íbamos a hacer. Salvo por algunos petardos intermitentes que celebraban, especulo, el Día de la Bastilla, y unos patos escandalosos, no hay mucho movimiento.

Las horas pasan lentamente, el tráfico a ambos lados del lago es tenue.

«¿Cómo celebraremos esta noche dentro de un año?» La pregunta de El Alteñito me parece enternecedora.

«Será nuestro aniversario del cruce, algo muy especial», comenté.

A las 11, tomo la decisión fatídica.

«Mi vida, vamos a adelantarnos. No sé lo que hay al otro lado de la frontera. Vamos a salir en cuanto podamos». A estas alturas del juego El Alteñito asentía. Hace preguntas discretas y periféricas, y no sé si verdaderamente cree que tengo todo controlado o sencillamente necesita tener esa ilusión.

Septiembre 9, 2006

El cruce (II)

Llegó por fin el día de viaje en avión, el 12 de julio. Yo volé hasta el otro lado de la frontera, y recorrí la zona en medio de un enorme chaparrón. Por la noche, después de cruzar la frontera canadiense sin incidencias o ilegalidades, recogí al Alteñito en el aeropuerto.

No hay marcha atrás Pasamos una noche calurosísima en Montreal, y ya a la mañana siguiente El Alteñito me contó que tanto la mujer de su padre como su criada le habían pedido que no se fuera.

«Tu padre está enfermo». Ahora dudaba de toda la operación. Tras unas horas de reflexión, en las cuales me planteé hacer turismo más tradicional por Canadá, decidió cruzar. «Ya estamos aquí, vamos a hacerlo».

Ese jueves teníamos que recoger a H1, que voló hasta Burlington, al otro lado de la frontera. Dejé al Alteñito en St.-Armand, un pueblecito pegado al límite internacional y con su pequeña maleta fui al cruce.

Al principio pensé que iba a ir todo normal, que sería como pedir una hamburguesa. Pero en el puesto fronterizo tenían otras ideas. Además de hacer cola en coche durante casi una hora, todos los vehículos delante de mí pasaron sin problemas. El agente de inmigración decidió, sin embargo, apartarme.

«Estaciónese allí un momento, por favor», dijo mientras se llevó mi pasaporte. Aparqué el jeep y me senté en el área de espera. Frente al mostrador, me hicieron firmar una declaración de aduana, preguntándome si tenía más de 10.000 dólares en efectivo. «Léase el recuadro [el que indica la presencia de cantidades prohibidas de dinero] con detenimiento antes de firmar», dijo un agente detrás del mostrador.

A los cinco minutos, dos agentes me llamaron. Me pasaron a un pequeño despacho y pidieron que vaciara el contenido de mis bolsillos.

«¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan nervioso?», preguntó uno de ellos. Todas mis negativas cayeron en saco roto: «Mire, llevo haciendo esto muchos años, y está nervioso, ¿por qué?» Le dije que iba a llegar tarde para recoger a H1 y que después de esperar en la cola, me habían entrado ganas de ir al baño.

«Hmm, eso le pasa a cualquiera», dijo el otro, aunque con cara de incredulidad. En mi cartera tenía todas mis tarjetas de embarque de los últimos meses, y billetes mexicanos, producto de un reciente viaje.

Les comenté el itinerario que iba a hacer, en detalle.

«Venga, que le acompañamos hasta el baño», dijo el agente. No permitieron que cerrara la puerta del retrete, fue humillante. Pero debido a la dichosa maleta y a mi estado nervioso, no me podía quejar mucho.

Septiembre 7, 2006

Por dónde empezar

A veces no es fácil contar una historia muy larga en el blog. Xtian lo hace bien, vamos a ver si yo puedo relatar aquí cómo crucé la frontera ilegalmente con El Alteñito.