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13:14 del 19 de Junio de 2004

Ay, hijo, si supieras...

En otro blog, mis escritos han suscitado este comentario por correo electrónico:

La forma en que asumes tu vida me parece -en algunos aspectos que a mí me importan mucho- ejemplar y por ello quería saber tus conclusiones.

Tentado estuve de enviarle este enlace.

21:54 del 18 de Junio de 2004

Desorden total

A las pocas horas de escribir la entrada anterior me desperté súbitamente. De esos respingones que da el cuerpo cuando te percatas que te has quedado traspuesto en una situación indebida.

El caso es que me quedé dormido en cama de John. John, para los que no estén enterados, no es obviamente el husband. De hecho, apenas conozco a John de la oficina, pues nos arregla los servidores de Pascuas a Ramos.

Me gustaría mucho decir que he llegado hasta aquí como un sonámbulo cegado por alguna fuerza mayor, y que descubrir mi cuerpo y su cuerpo cubierto de una lámina costrosa fue una sorpresa desagradable. Y que soy inocente (o por lo menos rebelde porque el mundo me hizo así). Que la culpa lo tiene el trastorno neurovegetativo.

Pero no, estoy aquí porque he querido venir a Overtown, una de las peores zonas de mi ciudad. Y he querido venir a follármelo, seamos sinceros. Y tras la segunda vuelta nos quedamos dormidos, sin duchas y sin leches (bueno, sí). Y no mentiré (aunque eso si parecerá mentira), quise una tercera ocasión, pero tras toquetearme, John se volvió a dormir. Me levanté al baño, me lavé un poco, escribí una nota de despedida y me fui.

Le conocí hace tres semanas, es una versión lampiña y esbelta del husband. Empezamos a hablar, y me picó la curiosidad su falta de vello. Él dijo que era de una ciudad del norte, y que se acababa de mudar aquí hace unos meses. Ah, y que vivía en Overtown. ¿Overtown? ¿Y no te roban a diario? No, aseguró es un barrio muy tranquilo. Mi casa a veces la dejo abierta y no pasa nada. De hecho, puedes venir un día y verás. Pues venga, el sábado (no fue tan fluido el tema, pero sintetizo).

La autoinvitación dio resultado. Pero creo que no me gustó mucho John, sino la oportunidad de zumbármelo. Depravación total. Tenía razón, la casa parecía apacible y era lampiño total.

Esto debería ser el fondo, ¿verdad? El punto más bajo, cutre y horrendo del tema. Pero no.

El miércoles acompañé a un amigo, uno de esos casos descarriados que tanto me fascinan, mientras trabajaba en una tienda turística de la ciudad. Me contó como estaba enamorado de su compañero de piso, de cómo había tenido sexo oral durante casi cuatro años, y que ahora vino otro y ¡zas! Se lo robó. Todo esto con ribetes melodramáticos, pues es obvio que está enamorado, celoso y resentido, y que para colmo el compañero no va a salir del armario ni a tiros.

Por fin se va a ir a otro apartamento, y le digo que tiene que conocer a alguien gay en el plano social y salir. El chico es 10 años más joven que yo.

«¿Y por qué no tú? Me has ayudado mucho». En circunstancias normales echaría mano de la falsa modestia y recitaría las variadas razones. Pero no, sonrío y digo que a lo mejor hay que probar la mercancía.

No sé cómo (bueno, no sé el por qué), pero el chico cierra la tienda y me lleva a la trastienda. Lo demás es clasificado X, salvo que a mitad se quiso echar atrás y no le dejé. Tonterías como que quizá algún cliente podía entrar. ¡Por Dios!

Llegué a casa sintiéndome como el monstruo que había sido. Una persona de un grupo activista al que pertenezco, que me recomendó el chico para la ayuda, me llamó ayer porque dice que está un poco alarmado conmigo. Eso fue por lo menos el mensaje, pues no contesté el teléfono.

Ninguno de los dos me contesta. No les he llamado, pero sí he intentado los demás medios. Y ya me digo que tengo que parar, que ya está bien. Estuve a punto de incorporame a adictos sexuales anónimos. Hay un grupo cerca de casa. Confieso que no lo he hecho porque una de sus penitencias es soltar prenda de los cuernos con los seres queridos. Y no puedo. Sencillamente no puedo. Soy demasiado cobarde para sentarme y decirle que, cielo, te he puesto los cuernos y la última vez apenas pude parar. Y que todo ese rollo que te solté sobre el daño que mi padre le hizo a mi madre con lo mismo, y que no lo repetiría, que eso era, un rollo.

El culebrón sigue, pero ya me cansa. No entiendo a los obsesos, tienen que acabar agotados al final del día. Eso quizá será lo que me salve, que soy demasiado vago para obsesionarme con esto a largo plazo.

01:45 del 12 de Junio de 2004

Vida desordenada

Hace casi dos semanas que he vuelto de viaje, en donde ejercí de nómada postizo, y me siento absolutamente desarraigado. La Iglesia le dice a esto vida desordenada, y llevo 12 días viviendo en casa pero como si estuviera en una situación fluida y transitiva.

Creo que lo me desorientó fue el vendedor de cerveza, pues fue un desliz innecesario. Pero el que terminó por deshacerme los esquemas en algún rincón de la mollera fue el asiático, la puerta de la lujuría se abrió como la puerta de su ducha. Y desde entonces no ha sido igual.

Claro, por un lado me congratulo porque no ha pasado nada más, pero por otro me veo desbocado. Tengo ganas de volver a casa, pero no he vuelto. Estoy mentalmente todavía en una carrtera perdida, en donde me siento libre.

Hace seis años ya me ocurrió una cosa parecida. Me desboqué, empecé a caer en las trampas de Internet, y para colmo me dejé seducir por un contratista eventual en mi lugar de empleo. Caí por él, pero al deshacerse en lance seguí como una bala. Y me costó muchísimo parar. No porque follara como un descosido con cualquiera, cosa que no hacía, sino las ganas de hacerlo.

Hoy me encuentro en la misma disyuntiva, tengo que parar. En este caso tengo el síndrome de la carretera encima, además del otro. Y ayer me pillé en una web en la que no debería estar, y mucho menos estar como estaba, al borde de la desesperación.

Esto tiene que acabar, el aventurismo sexual que tengo es genético, y por lo tanto muy cómodo de justificar. Mi padre es igual, pero aunque de eso me acuerdo perfectamente, he preferido no guardar la memoria de mi madre, que sufrió todo eso en silencio.

Para mí, he procurado seguir la vía egoísta: lo oculto, y por lo tanto tengo superioridad moral, porque por lo menos así no le hago sufrir al husband. Hay días en los que hasta me lo creo.

Mi madre decía que el father sufría (y sufre) de un trastorno neurovegetativo. Eso fue, según ella, lo que le dijo un médico cuando le preguntó en los años 60: «Oiga, doctor, ¿y por qué mi marido se folla a todo Dios?» Siempre interpreté ese «porque tiene un transtorno neurovegetativo» como un cajón de sastre clínico, con el cual el galeno procuró aliviar el dolor de mi madre. En lugar de decir «su marido es un salido y aprovechado», pues decir lo otro suena mucho mejor.

En fin, que no puedo seguir así. Me va a costar algo que quiero mucho. Que a veces me pregunto y planteo que por qué, pero al igual que la trinidad, es un misterio del cual es mejor ni preguntar.

23:54 del 2 de Junio de 2004

El polvo del camino

Me pasó en un viaje reciente, cuando unas obras cerraron por unos minutos una carretera de montaña. Empecé con una conversación tonta con el que iba delante, que también se había bajado de su coche. Aunque de sarasa no tenía mucha pinta (yo tampoco, todo ha de decirse), empecé a sentirme un poco raro, como que este señor, un vendedor de cervezas algo gordito, me estaba echando los tejos.

Efectivamente, gracias a la lentitud de los obreros, ya me había invitado a tomar un café. Del café a la alcoba hay varios pasos, pero geográficos nada más, ninguno que merezca ser relatado.

Todo muy bien, hasta que de repente, como si alguien operara el control remoto, zas. Se apaga la pasión, la manguera se queda sin agua. Sin ton ni son, sería el cansancio o algo raro, o esa conciencia que de vez en cuando hace actos de presencia fugaces. No sé, pero el caso es que me frustra bastante.

Tras su conclusión (ya entiendo mucho más cómo se sienten las mujeres que no pueden evitar que sus maridos se las zumben), le invito a cenar. No mencionamos nada de lo ocurrido entre las sábanas, es como si no hubiera ocurrido nada.

24 horas después, follo como un descosido con el husband, con quien me encontré en coordenadas precisas. Cosas de la vida.

Tres días más tarde, esperando mi vuelo nocturno, decido pasar unas horitas en un balneario de un hotel de lujo para desintoxicarme un poco y quitarme el sudor del camino. Todo genial, pero cuando me voy a duchar, un chico chino, delicioso, se me insinua. ¿Yooooo?

No hay nadie más en mi ducha, o sea que deber ser que sí. Como la escena tiene de improbable lo que peligrosa, me enseña su llave magnética y me da un papelito con un número de cuatro dígitos, me imagino que el de su habitación (¡qué listo soy!).

El chico está bien, tiene a lo sumo 25 años y si es chapero se está quedando en el hotel equivocado.

¿Y qué cojones hago ahora? Hace seis años caí en una espiral de infidelidad, y fue horrorosa, muy difícil de parar. Era casi una adicción, de la cual salí a duras penas. No quiero volver a pasar por esa puerta, y además, faltan menos de cinco horas para que salga mi vuelo.

Como Brad Davis en la escena de la sauna de El expreso de medianoche (en la que deja a un pobre Norbert Weisser compuesto y sin novio), le digo que no con una sonrisa. Se cabrea y se va al baño turco. Ironías de la vida.

Lo peor del caso es que me pasé dos horas en el aeropuerto esperando en la puerta de embarque. Tenía vistas al hotel en cuestión.

Cuando me monté en el avión, pensé que mejor le hubiera dicho que no al cervecero y que sí al chino. Lo sabré para la próxima.