" /> Parsimonia: Noviembre 2003 Archives

« Octubre 2003 | Página Principal | Diciembre 2003 »

18:51 del 19 de Noviembre de 2003

Las lecciones de la vida

Hoy estuve hablando por teléfono con Seyd, y le comenté (en el peor tono paternalista que asumo en estas situaciones) que hay dos tipos de persona, el que separa a las personas en dos tipos, y el que no.

Pero hablando en serio, si tienes una personalidad que se preocupa por cualquier cosa y le da vueltas a los temas (los cubanos le dicen "coger lucha"), tus problemas no tendrán solución. Mejor dicho, sí tendrán solución, pero serán reemplazados por otros.

Si analizo los problemas que me traen de cabeza actualmente con los de 2001, y los de 2001 con los de 1999, suelen ser diferentes. Y los de ahora, por cierto, mucho menores. Pero sigo preocupándome, no me permito disfrutar de una vida más acomodada.

20:09 del 18 de Noviembre de 2003

Vivir con vergüenza

Iba a empezar otro blog en inglés en un dominio diferente, pero no tengo tiempo. Verdaderamente tengo este espejo en el ático, y ya dejo de pasar por el ático a mirarme en él. Me repatea usar a Parsimonia cada vez que tenga un problema, para que sea una válvula de escape.

Cambié de puesto de trabajo hace casi cuatro meses, y desde entonces leo muy pocos blogs. Me da vergüenza admitirlo, pues apenas tengo tiempo para mí, y mucho menos para los que me leen. Me da una vergüenza espantosa, repito, porque esto no debería ser unilateral. Sencillamente me tengo que organizar mejor.

Y no, las cosas van bien. El husband vuelve a tener ensayos casi todas las noches, y me siento aliviado por él. Es lo que quería, y yo tampoco voy a echarle en cara que no se queda en casa. El problema para él es estar encerrado, y yo como buen canceriano me callo. Para que luego vaya diciendo por ahí que Cáncer y Capricornio en el fondo no son tan opuestos.

Ya sé que divarío, que me pierdo en este post, pero no es señal de nada, tan solo de cansancio (sigo en la oficina a esta bendita hora) y de no tener ganas de ajustarme a una narrativa muy linear. Pero estoy bien, lo juro. Gracias por leer hasta aquí.

10:18 del 1 de Noviembre de 2003

Peleas, peleas, peleas

Anoche improvisamos y salimos de Halloween (sin disfraz, ya fuimos el sábado pasado a una fiesta) por una concurrida calle peatonal de mi ciudad. Estaba a rebosar, le tengo cierta fobia al gentío, pero en fin, los disfraces eran dignos de verse.

Llamamos a cuatro personas, inlcuyendo a mi amigo P., que vive lejísimos. Hace semanas que no le vemos, en parte por la distancia. Las otras tres no pueden, P. dice que está muy lejos. El husband me pide el teléfono y le increpa a venir. Quedamos a las 8:30 en una heladería.

Mientras, el bombardeo empieza. «Presiento que en algunas cosas estamos peor que hace cinco meses». Me deja aturdido, yo opino lo contrario, nos va bastante mejor, dentro de lo que somos.

«Percibo cierta hostilidad hacia mí. En dos situaciones hemos peleado y nunca peleamos». «Eso es mi tendencia a no dejar las cosas pasar. Antes me hubiera embotellado y ahora no cedo. Dije que lo iba a hacer».

«Creo que estás cabreado conmigo, mira la conversación que tuvimos en la que me dijiste que había que elegir entre el teatro y tú, que si quería más al teatro».

«Pero eso fue hace por lo menos dos meses [lo he visto, fue hace casi 10 semanas], desde entonces estamos mejor. Te veo en casa como una especie de fiera enjaulada».

«Estoy fatal, me siento miserable, no hago nada. Pero por lo menos te sientes bien al respecto».

«Sí, vaya, pero a menudo precio».

«Hay que encontrar un punto medio, pero siento hostilidad, desde esa conversación, que creo que fue a principios de este mes, no en agosto...»

Aquí iba a decirle la cruda realidad, que estaba dispuesto a dejar todo en ese instante, que sencillamente no se dejó, y que desde entonces estoy mejor, me siento (sentía) más optimista al respecto. Pero obviamente no puedo, porque entonces va a pensar que esa hostilidad percibida (falsa) es sobre el hecho de que no me pude deshacer de él.

Al concluir la cena, vamos de tienda en tienda, algo que aborrezco, máxime dentro de una conversación de este cariz.

«Creo que un componente de todo esto es tu situación económica y tu situación profesional», le digo valientemente. Su preocupación con esos asuntos se está desbordando en otros lados. No me contesta.

Vamos a otra tienda, y me dice lo del orden. Soy un desastre, y a él le gusta tener orden. «Entonces tengo que contratar a una asistenta», comento.

«No, es cuestión de costumbre, de recoger, de ser ordenado».

«Cielo, no soy una persona ordenada».

Aquí me suelta un discurso sobre el orden que no es genético, que es una falta de decencia, que es cuestión de hacerlo todos los días o semanas.

«Me dices esto con un paternalismo increíble, como si tuviera seis años. ¿Te crees que no he intentado hacerlo antes? ¿Crees que es tan sencillo romper una costumbre de años?»

Me contesta algo, y le digo que lo intentaré, pero que me lo tiene que recordar, que tiene que ser mi conciencia al respecto y darme la lata.

«Entonces me vas a acusar de ser un pesado».

Aquí pierdo las riendas, entre la escena carnavelesca a nuestro alrededor, y le digo que acusar le puedo acusar de muchas cosas, pero que...

En ese momento sube los ojos con condescendencia. Me cabreo y le dejo. Nos volvemos a juntar en la heladería.

«Si no podemos hablar de este asunto tan pequeño sin pelearnos, ¿cómo vamos a hablar de los importantes». Casi pico.

«Me acabas de decir que es un tema muy import...mira, la verdad es que me estás pidiendo una cosa ajena a mí. Lo voy a intentar, pero me hace falta que me lo recuerdes. Eso es todo». Hacemos las paces, y nos ponemos a esperar a Pedro.

Llegan las nueve y pico, el husband se quiere ir. Nos levantamos, le dejo un mensaje a Pedro, que no tiene móvil, y nos vamos. Me quedaría, pero me convence que probablemente con el follón del tráfico ha dado media vuelta.

Llegamos a casa, y a las once menos cuarto me llama Pedro, cabreadísimo. Que había llegado a las nueve (bueno, no exactamente, pero no se lo voy a pelear) y que ya no estábamos.

Está furioso. Puedo contestarle, puedo pasar el teléfono al husband porque en realidad él ha sido quien le había pinchado para que fuera. Pero no, me vuelvo un estoico y encajo todo. Pedro se envalentona, me dice más cosas, sólo alcanzo a pedir perdón y desear que la noche se acabe.