Las cosas como son
A Parsimón le gusta mucho Chayanne. A Parsimón le cae fatal la gente que habla de sí misma en tercera persona, pero eso ya es otro tema. Sigamos en primera persona.
Me gusta Chayanne, aunque no su música. Su nuevo disco, una mercantil treta para intentar conseguir el mercado español, me trae sin cuidado. La única canción que tolero de Elmer Figueroa (razón suficiente para cambiarse el nombre al de una tribu norteamericana) es Tiempo de vals.
Antes de conocerlo, me parecía vulgar y demasiado. Típico de las estrellas de esta estatura. Luego, le conocí. Y en fin, no sé si será su magnetismo animal, su mirada, su forma de captar, pero se me cayó la baba. Es la única persona que ha provocado eso en mí instantáneamente.
Claro, el chico, al igual que yo, no es perfecto. Está más loco que una cabra, tiene un ego de aquí a China y es más falso que una peseta de madera. Pero aclaremos, en la cama tiene que ser algo especial. Ya sé que parezco un chiquillo salido del plato, absolutamente impropio. Pero Chayanne me tira, mucho. Cada vez que veo un banner de él, me vuelvo un poco loco.
Es un amor imposible, tonto a todas luces. Pero cuando lo conocí, por primera vez en mi vida entendí a las quinceañeras que le siguen a él y a los 20.000 otros cantantes.
Hay un rumor de su ex representante y él, que eran amantes y que él al final lo dejó. No sé, es lo mismo, y aunque el representante era de mi nacionalidad, no importa. Está igual de lejos.
Y a todos los que me digan «pero si es...», les contesto: «Deja que ponga su mano en tu hombro, como si fueras único en el mundo. Es falso, cierto, pero te lo crees. Y al creértelo, lo deseas. Porque ya todo es posible».