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19:24 del 25 de Agosto de 2003

Las cosas como son

Chayanne A Parsimón le gusta mucho Chayanne. A Parsimón le cae fatal la gente que habla de sí misma en tercera persona, pero eso ya es otro tema. Sigamos en primera persona.

Me gusta Chayanne, aunque no su música. Su nuevo disco, una mercantil treta para intentar conseguir el mercado español, me trae sin cuidado. La única canción que tolero de Elmer Figueroa (razón suficiente para cambiarse el nombre al de una tribu norteamericana) es Tiempo de vals.

Antes de conocerlo, me parecía vulgar y demasiado. Típico de las estrellas de esta estatura. Luego, le conocí. Y en fin, no sé si será su magnetismo animal, su mirada, su forma de captar, pero se me cayó la baba. Es la única persona que ha provocado eso en mí instantáneamente.

Claro, el chico, al igual que yo, no es perfecto. Está más loco que una cabra, tiene un ego de aquí a China y es más falso que una peseta de madera. Pero aclaremos, en la cama tiene que ser algo especial. Ya sé que parezco un chiquillo salido del plato, absolutamente impropio. Pero Chayanne me tira, mucho. Cada vez que veo un banner de él, me vuelvo un poco loco.

Es un amor imposible, tonto a todas luces. Pero cuando lo conocí, por primera vez en mi vida entendí a las quinceañeras que le siguen a él y a los 20.000 otros cantantes.

Hay un rumor de su ex representante y él, que eran amantes y que él al final lo dejó. No sé, es lo mismo, y aunque el representante era de mi nacionalidad, no importa. Está igual de lejos.

Y a todos los que me digan «pero si es...», les contesto: «Deja que ponga su mano en tu hombro, como si fueras único en el mundo. Es falso, cierto, pero te lo crees. Y al creértelo, lo deseas. Porque ya todo es posible».

Las cosas del querer

Anoche estaba hablando con mi amigo Pedro, y casi me suelta un sopapo. «Mira que hacerme todo esto para nada». Es verdad, pero tampoco quiere decir que estemos en la zona del monte que tenga orégano. Reconozco que soy melodramático, un histrión, como me dice una amiga. Y que no me cuesta mucho meterme en una espiral de desesperación.

Pero también se debe a que soy un falso estoico, dejo pasar cosas pero en realidad las acumulo, encajo, encajo hasta que estallo. Y cuando estallo, estoy tan harto que el agravio tiene muy poco que ver con la realidad. No digo que esto haya sido así con el husband: mis agravios son verdaderos. No está apenas en casa. No tenemos mucho en común, carecemos de intereses mutuos. Él es mi interés también, por mucha manía que le coja, por mucha hiel que acumule, confieso que le amo.

Y es una confesión terrible, porque te quita mucho capital a la hora de negociar cosas, de pedir. Es más difícil considerar alternativas si te vas a topar con ese muro de amor, porque te das cuenta que eres prisionero voluntario. Da pánico querer a alguien tan diferente que uno, a alguien que no te va a corresponder de la misma manera que tú le correspondería. Porque no te va a entender del todo, y tú a él tampoco.

Hay explicaciones culturales para esto, familiares, personales y hasta astrológicas. Pero es la incertidumbre la que más pesa, porque al haber química en ciertos estamentos básicos y en otros no, siempre hay tanto espacio para el malentendido. Y a mí que nunca me ha gustado ser directo, que siempre soy tan sutil...un suplicio.

En el ciberespacio es fácil poner los agravios, las injusticias, los deseos y los triunfos. Describir las flaquezas, las inseguridades, las imperfecciones, sin embargo, es otro tema.

Todo esto, confieso, parece una coplilla de los años 40 (contada por Miguel de Molina, por supuesto) bastante retorcida. Las cosas del querer analizada por Freud.