¿La ocasión hace al infiel?
El sábado estaba bastante aburrido, ya en el umbral del constipado que me iba a afectar estos días. Me resigné a pasármelo solo, aunque de repente me llamó R., el autor de la movida que relaté el otro día.
«Discúlpame, me equivoqué»
«¿No me digas?» Tendría que haberle dicho la verdad, que va a pasar mucho tiempo hasta que me vuelva a fiar de él. Pero alivio y lavo la culpa, como siempre.
Al poco me llama un compañero de trabajo, que si quiero ir a cenar a su casa, que tiene un barbecue. Suelo decir que no, pues mi empresa está llena de homófobos, pero es mejor que nada y voy.
Llego a casa de Jorge y hay unas 20 personas. Conozco a algunos: matrimonios atrofiados, periodistas derrotados, y parvenus ambiciosos. Otros, como a Ray, son un misterio por descubrir.
Me tomo una cerveza, me siento en un rincón, y hablo con Ray y otra chica durante casi una hora. Hablamos de cine, de vivencias en el extranjero, de todo. Es la conversación que suelo tener con todo el mundo, en la que explico la decadencia de Pedro Almodóvar y cosas así.
Pero por algo, confieso, me hace tilín Ray. No sé si es su intensidad aplatanada, su parsimonia (algo tenemos en común), su facilidad de palabra, la altanería de los Leos que tanto me fascina. El caso es que empieza a gustarme su compañía, y tras la tercera cerveza, ya hay cierto feeling.
Ray ha trabajado hoy y está cansado. Se despide de todo el mundo, y le acompaño hasta la puerta a decir adiós. Nos enrollamos, en el sentido más verbal e inocente de la palabra. A los 20 minutos, le digo que se quede. Me pide que le acompañe.
Aquí he de definir que aunque soy bastante mal pensado, hay una orquilla aceptable de confianza en esta situación. Además, con lo inseguro que soy, nunca me doy cuenta cuándo me están echando los tejos. El caso es que sigo a Ray (cuyo nombre, producto de un abuelo mexicanoárabe y de una madre argentinoalemana, es bastante más complicado; los apellidos ni se diga) hasta su casa. Vive en un piso frente al río.
Dentro impera la oscuridad, el salón apenas tiene luz, Ray no parece ser muy amigo de la iluminación. Seguimos hablando de sus viajes, de su vida personal (está divorciado, tiene un hijo de 16 años; Ray es un año más joven que servidor), de su afición al tenis.
Tuvo una relación de pareja hasta hace poco, no está buscando a nadie en particular. Sencillamente le expongo poco sobre mí, comentando mi afición por la música clásica, etc...
Me ofrece Pepsi light de beber, sólo tiene eso y agua. Me enseña su casa, y el tour concluye en su dormitorio. Su armario tiene 10 pares de pantalones idénticos, todo está sumamente organizado, dobladito y por color. Envidiablemente, vamos. No le digo nada al respecto porque me da vergüenza admitir que soy un dejado. Dime de qué te burlas y te diré qué adoleces.
La situación en su cuarto es algo rara, ninguno de los dos nos queremos ir, pero tampoco queremos hacer algo conscientemente para evitarlo. Me explica cada detalle, como si de repente fuera el guía del Palacio Real. Y de repente le abrazo.
Paréntesis sin signo de paréntesis: la infidelidad, como creo haber comentado, es corrosiva. Independientemente de la falta de respeto que supone a la otra persona, te faltas el respeto a ti mismo por haberla jurado. En toda la amplia literatura al respecto (y siento escoger un ejemplo tan yanqui), los únicos cuernos buenos son los que sanan o exorcizan a una persona, como Tom Wingo en El príncipe de las mareas.
Si voy a hacer algo, no puedo echarle la culpa al alcohol, a la soledad, a la falta de compañía, a sus ausencias, a nada. La responsabilidad, y por ende la transcendencia que le doy al tema, es mía.
Dicho esto, Ray tiene un buen cuerpo, de un árabe del Rin. Una mirada sofisticada en una cara no excesivamente agraciada. No es mi físico favorito, pero tampoco lo rehúyo.
Nos desnudamos, pero pasa algo raro. Bastante raro y vergonzoso, pero como este es un blog privado y nadie conoce mi verdadera identidad (jaja), lo puedo contar.
Pongamos que las banderas no se izaron. Nunca he tenido ese problema, pero el caso es que Ray, que se ve que es deportista, tampoco tiene viento en sus velas. Me paralizo, la situación me da verdadera vergüenza (contarlo me da más todavía, pero me pareció tan increíble que si no lo hago, estallo). A los pocos minutos, Ray me dice que no me preocupe, que serán los nervios, que no importa.
Nos abrazamos y acariciamos, y pese a la enorme carga erótica de la noche, no pasa nada más. Nos quedamos tumbados en la cama, dos impotentes, planteando una situación jurídica: ¿se le puede llamar a esto adulterio? A la hora me visto, me acompaña hasta la puerta y me voy.
Llego a casa confundido y cansado, con ganas de confesar y cantar. Pensaba que el husband, que siempre llega pasada la medianoche, no iba a estar. Me aguarda una gigantesca nota, pegada al buzón de la puerta «Vine para ver si querías salir y no estabas. No contestas el móvil. No sé dónde estás».
Le llamo, le miento («estaba en el cine») y me acuesto con tos. Le podría haber dicho que estaba en un barbecue, lo cual era cierto, pero no explicaba el móvil apagado.
A la mañana siguiente no se presenta la situación para confesar. Mejor dicho, no se presentan los dos huevos que hay que tener para confesar. Y es que además, ¿cómo se lo iba a creer? «Pues íbamos a follar, pero no hubo erecciones ni mucho menos orgasmo. Estuvimos abrazados en la cama casi una hora».
Me siento mal, no sé qué hacer, salvo lo obvio: ya el momento de confesar ha pasado. La situación se ha vuelto más complicada, la he vuelto más complicada.
Cenamos en un restaurante indio, frente a un canal. Estoy tosiendo y me siento algo mal, pero es su noche y hay que cumplir con nuestras «citas». Hablamos de sus ausencias. «¿Me estás evitando?» «No, me aburro mucho. Creo que es una muestra de mi hiperactividad».
Confieso, de forma cobarde: «tanta ausencia me va a obligar a desacostumbrarme a ti». «Tendremos que ver lo que hacemos cuando termine mi obra a finales de septiembre. Eres lo más importante en mi vida, no el teatro». «Lo más importante se suele medir con el tiempo brindado».
La noche fue constructiva. Y al final un fortísimo viento alísio sopló por las velas. Misterios meteorológicos.
El lunes por la mañana Jorge me mira con cara de sorpresa. "¿Dónde fuiste?» Jorge es padre de familia numerosa, ha vivido tres dictaduras en dos países, y no estoy por la labor de explicarle el intríngulis.