Me confieso con el messenger
Hoy, a través del mensajero instantáneo, he tenido confesiones con dos personas diferentes. La primera, que más bien es una fantasía, es que me gustaría volver al terruño, y me he fijado un plan para hacerlo. Me temo que el husbando no me seguirá, pues sería infeliz. Lo que pasa con esto es que lo he expresado de una manera tan fría que hasta me ha asustado a mí. A mi interlocutor no tanto, pues me ha preguntado que si tengo a alguien calentando en el banquillo, cosa que no es ni remotamente cierta. Pero es terrible en muchos sentidos.
Hablando con Mauricio, me dice que me entiende, que a veces hay que reciclar a la gente. Creo que emplea el verbo mal, pero no sé, me temo que en el fondo el husband no es capaz de hacerme feliz, que no puedo seguirle porque no tiene a dónde llevarme, y que no va a querer venir al lugar que me gustaría ir a mí. Todo esto es muy metafórico y teórico, entiendo que la pareja es mucho más que eso, que la realidad y el uso se interpone entre los planes. Que no se puede ser tan frío.
Al igual que el husband nunca llegará a ser feliz por su cuenta porque es demasiado depresivo, yo nunca llegaré a ser feliz quedándome en un sitio. Y nunca echaré raíces. En el terruño tengo pocas, y en la ciudad de las triquiñuelas menos. No entiendo por qué tengo que ser tan puñeteramente complicado, con lo satisfecho que he estado en este país durante esta década, y ahora, ¡zas! Todo patas arriba.
Es caminar siempre errante mi triste sino,
sin encontrar un descanso en mi camino.
Ave perdida, nunca he de hallar
un nido amante donde cantar.
Como siempre, tan melodramático. Y con el síndrome de Casandra. Me temo que en algunos años leeré todo esto y me preguntaré qué coño me había picado, con lo bien que estaba.