« El cruce (XI) | Página principal | De los 25 »

El cruce (y XII)

«De cualquier manera, cada uno ahora tiene que pagar una multa de cinco mil dólares en la Aduana», espeta.

También viene el aviso de que El Alteñito puede irse con nosotros, y el supervisor me acompaña a decírselo. Van a tardar un tiempo en procesar sus papeles, y El Alteñito, como reo indocumentado, tiene que permanecer en el calabozo.

Le pido al supervisor quedarme con él, se lo piensa y suelta: «bueno, pero no hagáis nada».

Estamos estupefactos. No hay duda de que esto ha sido difícil y traumático, pero el resultado final no puede ser más benigno.


Al poco viene un agente que lee los documentos. No hay fecha todavía para una audiencia de deportación, pero calculan que será fijada para noviembre. Tendremos que cambiar el tribunal, de Boston a Miami, pero por lo demás puede viajar y tiene, irónicamente, permiso para permanecer en Estados Unidos hasta el fallo definitivo.

Aunque bastante sorprendido, estoy como unas castañuelas. H1 me tiene que decir un par de veces que no debo sonreír tanto.

Bajo al primer piso, escoltado por un agente y relleno un formulario de la Aduana. El funcionario que me atiende me pide que escriba los motivos para atenuar la multa administrativa por cruzar la frontera de forma ilegal (o sea, entrar a Estados Unidos sin presentarnos en un puesto fronterizo).

«Puede hacerlo en cualquier idioma, una señora lo hizo en suahili la semana pasada y se aceptó», reseña con tono irónico.

En el pliegue digo que acepto mi culpa y que lo sentía. Al poco me reducen la penalidad a 500 dólares.

Y ni siquiera lo tengo que pagar en ese momento: «le enviaremos un papel por correo».

Tardamos un poco en salir porque el agregado está tomándonos fotos y apuntando todos los números de teléfono de nuestros móviles. Tenía ganas de quedarse con el monotubo de visión nocturna («ha sido utilizado para cruzar la frontera ilegalmente», razona). Le digo que se lo quede, pero al final sus superiores invisibles dicen que no.

El Alteñito es por fin liberado. Le acompaño a las oficinas de la Aduana y se repite la operación.

25. El sabor de la libertad Los patrulleros nos gestionan un taxi (la agencia de alquiler se llevó el jeep alquilado de la comisaría de Groveton). Y hasta se ofrecen a llevarnos a un restaurante cercano.

«Dime por qué motivo debo ayudaros a llamar a un taxi», pregunta uno de los más insatisfechos.

«Por mí, ninguno, pero por H1, sí», respondí.

A las 15 horas del 15 de julio de 2006 salimos por la puerta de las oficinas de la Patrulla Fronteriza en Beecher Falls. Un patrullero nos mete en su todoterreno y nos conduce durante cuatro kilómetros hasta el restaurante Spa, en West Stewartstown, Nueva Hampshire.

No sé lo que pensaría la gente al ver a tres personas, una de ellas por lo menos con rasgos poco anglosajones, ser descargados frente al restaurante por un patrullero fronterizo.

Nuestra primera comida en l«libertad», la primera del Alteñito en Estados Unidos, fue de una hamburguesa. Nos supo a gloria.

Cada cual reaccionamos de una manera distinta. Aparte de la incredulidad y agotamiento de los primeros días, El Alteñito y H1 se fueron por el sendero del olvido. No hay nada como negar la memoria para que no exista.

Yo, sin embargo, no pude. En menos de 48 horas tenía un breve recuento de lo ocurrido. Y las pesadillas fueron recurrentes hasta que logré plasmar de la memoria este relato más detallado a las tres semanas de los hechos.

Comentarios

hola saludos bonito lugar

Comenta

(If you haven't left a comment here before, you may need to be approved by the site owner before your comment will appear. Until then, it won't appear on the entry. Thanks for waiting.)