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El cruce (XI)

Después del segundo interrogatorio, me voy con el supervisor a hablar con El Alteñito y traducirle: «Puede que ocurran dos cosas, la fiscalía puede encausaros a ambos por delito de tráfico humano. Hay dos eximentes, que no fue por ánimo de lucro y que solo fue una persona. Si os encausa, entonces depende si os dejan bajo fianza, pero eso no se sabrá hasta la semana que viene.

«Estaríais presos hasta entonces. Si no conceden una fianza, estaréis presos hasta la fecha del proceso, de aquí a un mes. Si el fiscal decide no encausar, entonces Parsimón puede irse.

«Pero El Alteñito entonces tendría que ver si es retenido hasta su audiencia de deportación, o si es liberado».

Tras la explicación, me sientan con H1 y con el rollizo y fortachón. Los dos agentes no están de buen humor, llevan más de 24 horas sin dormir. Con toda la humildad que puedo acumular, denuncié mi arrogancia y le dije al rollizo que anoche me había dado una forma de salir y no la utilicé.

Se jactan: «ya acertamos casi todo, teníamos los datos como CSI Miami». Prefiero no comentar que pese a la pericia forense, no dieron con El Alteñito, que estaba en un pequeño arbusto a un metro de la carretera y a unos palmos de sus vehículos y linternas.


«¿Hay alguna agente femenina en vuestro cuartel?», pregunta H1.

«No», responde el rollizo. «¿Viste al señor mayor con bigote? Es lo que más próximo que tenemos a una mujer». Le miro a los ojos. Entre la camiseta (que ya se ha quitado) y este comentario, le estoy cogiendo bastante manía.

Entonces viene la noticia, no voy a ser procesado.

El rollizo y el musculoso miran con estupefacción y fastidio: «tanto trabajo para nada».

«¿Te acuerdas de Matrix? Pues haz como Keanu Reeves al evadir las balas, porque te acabas de librar de una buena».

Vienen entonces las advertencias, los «no vuelvas a hacer esto», las revisiones de ordenador portátil, móviles y cámaras fotográficas.

Intento ser muy cortés, agradecer todo, hasta les prometo una cesta navideña. El rollizo, por supuesto, se ocupa en encontrar el lado de la estulticia.

«¿Quiere comprar su libertad con una cesta? ¿Cree que nos influenciará con eso?» «Bueno, no. La ofrecí cuando ya habían anunciado que no me procesarán. Por lo cual, no es un intento de soborno», respondí.

La respuesta del rollizo es silencio, entorna los ojos. Nos contó que después de varios años en la frontera con México, se mudó a la frontera norte. Me temo que si hubiéramos cruzado por Sonora en lugar de Québec, el trato hubiera sido muy distinto.

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