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El cruce (X)

«Usted tiene derecho a tener un abogado. Si no puede pagarlo, se le proporcionará uno de manera gratuita si así lo desea. Usted tiene derecho a que su abogado esté presente durante cualquier interrogatorio.

«Usted puede ejercer cualquiera de los derechos anteriores en cualquier momento, antes de o durante cualquier interrogatorio, o al hacer cualquier declaración.

«Para renunciar a estos derechos, usted debe conocerlos y entenderlos y después de haber sido informado de ellos, elegir de manera voluntaria contestar preguntas».

Todo consejo que he oído en mi vida es que jamás se ceden los derechos, nunca se confiesa un delito ante las autoridades salvo que te lo recomiende un abogado un abogado.

«Cedo todos mis derechos, estoy dispuesto a contar la verdad».

Empiezo a dar detalles sobre cómo El Alteñito y estoy francamente agotado, física y emocionalmente.

«No nos importa qué relación tiene con El Alteñito», dice el lánguido con mirada comprensiva.

«Mira, estás siendo directo y diciendo toda la verdad. Eso los jueces lo toman en cuenta…no te preocupes, haré que el informe te sea favorable».

El supervisor, un señor cincuentón que estaba presente anoche, empezó a decir que no me preocupara y a agradecerme la cooperación. «Ahora sí que estás diciendo la verdad».

Suelto los detalles, la tienda de campaña, el monotubo de visión nocturna, la caña, todo.

«Hay otras formas de entrar a Estados Unidos legalmente, ¿por qué elegisteis esta?» Le conté lo de la visa denegada. Su gesto era comprensivo, humano.

En el otro cuarto contiguo, oigo las carcajadas de H1, hablando de bailes tropicales. Hacía ya varios minutos que le habían preguntado sobre las drogas y ella contestó: «Miren, esto no es sobre drogas, es una historia de amor».

Gracias a la carcajada, El Alteñito se enteró que estábamos en el cuartel. Estaba recluido en un calabozo en el mismo piso.

A mí me siguen pidiendo detalles, aunque cada vez está más claro que el posible procesado voy a ser yo. H1, insinúan, irá libre porque no sabía nada.

El supervisor interrumpe. «Parsimón, El Alteñito no quiere hablar. Ya le he dicho que estás aquí, que has confesado todo, pero aún así no quiere decir nada».

«Si quiere le pido que diga la verdad, agente».

El calabozo estaba a unos 20 metros de la oficina. Dentro, El Alteñito tiene cara de derrota, jamás olvidaré su gesto. Por alguna razón inexplicable estoy casi efusivo, creo que sería porque ya no había que fingir nada. Que por lo menos para el Alteñito se acababa el suplicio.

«Mi amor, no te preocupes, di la verdad. Te pondrán en un vuelo a México, a mí quizá me procesen, pero cuéntales todo, cómo cruzamos, que H1 no sabía nada, cómo nos conocimos, todo».

Nos abrazamos, besamos y salgo de la lúgubre celda. De vuelta en las oficinas, me toman las huellas dactilares, y veo que hay una persona de estatura mediana tirando a pequeña, sin uniformar. Al parecer es el «agregado» de la fiscalía y del Ministerio de Seguridad Interna.

Dicho agregado me mete en la oficina, y me interroga otra vez. Cuento lo de la aduana el jueves, los nervios, el camping, todo.

Me pide mayor detalle. Nombres, horas, precios. Le cuento lo mejor que puedo. El supervisor viene a echarme una mano, reiterando que he contado la verdad.

Al poco tiempo viene un agente de la Policía Montada de Canadá. Ha ido al camping para constatar que la tienda de campaña y el saco de dormir estaban en la basura. La dueña del camping también ha confirmado nuestra presencia. Aprovecha y me pregunta un par de cosas.

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