El cruce (IX)
Me mete en su coche patrulla. Acto seguido hace lo mismo con H1. Al entrar, se pone a llorar. No sé qué pensar en ese momento, en mantener la dignidad, en contar todo, en absolverla, en El Alteñito. ¿Cómo estará?
«Yo no he hecho nada, agente», le dice al policía.
«Sólo se que tienen una orden de detención de la Patrulla Fronteriza. Les vamos a retener hasta que ellos nos digan qué hacer o les vengan a recoger», contesta el joven agente de la policía municipal.
Poco después viene un detective de la policía estatal, joven y con corbata. Nos repite lo del agente, y nos dice que nos van a registrar el coche.
«Si tienen algo ahí que no deberían tener, mejor me lo dicen ahora. Aparte de ser un delito federal tener contrabando de drogas, es un delito estatal y local», comenta.
Hago un inventario rápido de dónde están las recetas para las seis pastillas o así que tengo en mi neceser, y concluyo que lo puedo demostrar todo.
«No tenemos nada que ocultar, señor detective. Esto no tiene nada que ver con el contrabando. Mis manos se me están durmiendo, ¿me podría aflojar las esposas?» Responde que estoy recostándome sobre las esposas y que eso acentúa el dolor. Pero al poco el joven agente nos las afloja.
Nos llevan a una pequeña comisaría local, y de atarnos las esposas posteriormente nos las ponen por delante. Mientras esperamos a que nos recoja la Patrulla Fronteriza, el detective nos pregunta qué ha ocurrido.
Le comento que pasé a mi novio (cara de sorpresa) y le capturaron.
Entonces empieza la exageración, no puede evitar que se le vaya la mano: «Miren, la zona centro sur de la provincia está controlada por los Hells Angels, una pandilla de motociclistas [¡!] que efectúa el tráfico y contrabando de drogas. Si no tienen nada que ver con eso, mejor díganlo desde ahora».
Por un momento me confunde. No he dormido nada, estoy atado con esposas al lado de H1 en una comisaría. ¿Está insinuando que traficamos en droga o que los Hells Angels se van a vengar?
A los 20 minutos, llegan los dos patrulleros de anoche: el rollizo y el musculoso. El primero me mira y me dice: «no puedo creerme que hayas dejado al Alteñito ahí toda la noche».
Nos dicen que El Alteñito está bien, y que le podremos ver antes de que lo deporten.
«Vimos tu foto del Gran Cañón», comenta el rollizo. «Le pregunté al Alteñito si era tu amigo».
«Son amantes», sentencia H1.
«Sí, quería ser diplomático», dijo con una sonrisa. Tampoco han dormido nada anoche.
El rollizo insiste en llamar a la agencia de alquiler para que se lleven el coche en grúa.
Es un desquite por las mentiras de anoche, me tiene manía y le sobran las razones.
Nos quitan las esposas y nos meten en su jeep patrulla. «El Alteñito será deportado en unas horas a México», me dice el fornido.
El rollizo lleva una camiseta con un dibujo de varias personas, vestidas típicamente como mexicanos (con sombreros y todo), entrando a un camión de detención del servicio de inmigración. «Ándale, ándale, la migra is here», reza el pie.
Durante el silencioso y largo viaje de vuelta a la frontera, no dicen nada más. H1 y yo nos miramos de manera fúnebre. «Tienes que decir que yo no sabía nada» Entramos al cuartel a eso de las 10:30 de la mañana.
Las oficinas de la patrulla están en el segundo piso, accesible por unas escaleras. Tienen cuatro oficinas. H1 es sentada en una y yo en otra, junto al lánguido agente de esta mañana. Me siento a su lado izquierdo en un gigantesco y vetusto buró mientras empieza a tomarme la declaración.
«Le voy a leer sus derechos: Tiene derecho a permanecer callado. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra en un tribunal de justicia.