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El cruce (VIII)

Tampoco sabía que El Alteñito seguía en el arbusto, rodeado de patrulleros. Sabrán mucho de huellas, pero por alguna razón no habían detectado al Alteñito. En ese momento, se fundió el tiempo y rezaba (sí, rezaba) para que yo no pasara a recogerlo y para que se resolviera todo esto.

Se me cruzó por la mente ir de nuevo a por él, pero no hice nada. La primera luz del día empezó a despuntar a las 4:40. El 15 de julio de 2006, el sol salió a las 5:14, iluminando un paraje lleno de niebla.

H1 se quiere ir. «Sencillamente no me puedo exponer a esto, puedes volver si quieres». Cargamos el equipaje, y al salir vemos todo cubierto por la neblina.

Por alguna razón no han capturado al Alteñito. Quizá volvió a Canadá o a lo mejor le dio cobijo alguien. Mi sugerencia de ir a buscarlo es rechazada. «No me puedo arriesgar», repite H1.

Menos mal, porque al llegar al pueblo más cercano, nos esperaban tres vehículos de la Patrulla Fronteriza.

Un lánguido agente nos detiene. Nos pregunta brevemente dónde vamos y por qué; nos registra el jeep. Es una señal más de que no tienen al Alteñito.

Seguimos por la carretera federal en dirección sur, hasta que poco a poco recibimos señal para el móvil, algo que no existe en la zona fronteriza. Tengo dos mensajes, pero ninguno de los dos son del Alteñito. ¿Dónde estará? El Alteñito había pasado toda la noche rodeado de agentes fronterizos, o por lo menos de sus vehículos. Estaba recostado en la base de un arbusto y milagrosamente no fue encontrado. Pensaba que me habían detenido.


Al alba, se dio por vencido. Se fue al vehículo de la Patrulla Fronteriza para entregarse, y se dio cuenta que estaba vacío. Entonces decidió ir por la orilla del algo, amparado en la niebla, hasta llegar a la altura del motel. Ahí no vio nuestro vehículo.

Ya desesperado, se entregó a un patrullero fronterizo que pasaba por la zona. «Estoy buscando a mis amigos», dijo.

Poco después vino el agente rollizo a interrogarlo y no fue nada educado. Pero entre sus cosas estaban dos fotos mías y mi número de teléfono.

Ya estábamos a unos 100 kilómetros del lugar de los hechos. Mi móvil sonó a las 7:53.

«Parsimón, soy el agente de la Patrulla Fronteriza. Tenemos al Alteñito [utilizó el diminutivo, aun en inglés] y tiene tu número de teléfono móvil. Tenéis una orden de detención dos estados. Volved inmediatamente».

«Bien, ¿dónde volvemos?» «Al motel. Y ponme a H1».

A H1 le dice lo mismo, y damos la vuelta. Llamamos a un par de amigos: «vamos a ser detenidos, esperad noticias».

«No me puedes implicar», me dice H1. Y tiene razón. Es el momento en el que veo que todo se me esfuma: mi trabajo, mi casa, El Alteñito… Con un antecedente criminal tendría que plantearme emigrar, pensé.

El agente rollizo había sido inmisericorde y vulgar con El Alteñito. Le preguntó que cuántas personas estaban en la maleza y que cuánto me había pagado para cruzar.

Apenas transcurrieron 40 kilómetros cuando nos detuvo un agente policial municipal.

Nos pregunta los nombres, le decimos que vamos a reunirnos con la Patrulla Fronteriza.

«Pongan sus manos sobre el volante y el salpicadero, por favor». Primero me saca a mí, me pone contra el jeep y me pone dos esposas, bastante ceñidas.

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