El cruce (VII)
El que me interroga principalmente es uno rollizo, creo que se apellida White, y por fin les muestro las botas. Al ver el rastro de barro, piden ver la cabaña.
-¿Verdaderamente creen que tenemos a alguien aquí?
- Su versión es muy rara.
Sé que si fueran policías, podrían registrar la cabaña. Pero los poderes de la Patrulla Fronteriza son bastante limitados en lo que a registros de inmuebles se refiere. Me resisto.
«Mire», dice el rollizo, «si no quiere, dejo a un patrullero aquí mientras obtengo la orden de registro de un juez». Está cabreado, son casi las dos de la madrugada y no se cree una palabra de lo que digo. Accedo.
Registran la cabaña, y se concentran en la maleta del Alteñito. Dentro, hay un suéter rosa y una camisa de flores.
«Esto no puede ser suyo», me dicen. «Le aseguro que si se prueba esa camisa no se puede cerrar ni el primer botón».
«Lo compré en un mercadillo, es para mi madre».
«Por favor, deje de mentir. Sabemos que no compró eso, porque ayer cruzó un puesto aduanero con ropa de mujer. Y se envió una alerta con su nombre a varios cruces. Le estábamos esperando».
También se fijan mucho en mi monotubo de visión nocturna. Entre la broza había tanto que preocupaba que ni lo utilizamos. Pero tampoco se lo creyeron.
El rollizo está adquiriendo fuerza moral y lógica. Sabe que tiene un caso, lo intuye de sobra, y al verme nervioso ya huele la sangre.
Decido cambiar mi historia, les digo que me perdí en el lago fronterizo en lugar del otro, y que creo que crucé la línea internacional por error.
«No se lo dije porque creo que es un delito».
«Si cruzó ilegalmente por descuido, no le voy a hacer nada. Pero díganos, ¿quién está por ahí? ¿Cuántos hay?» Me mantengo en mis nuevos trece, sé que si cambio otra vez mi versión ya la sospecha sería irremisible.
«Si me dice dónde están, sólo le multaremos cinco mil dólares». Reitero mi ignorancia.
Empiezan a decirme que hay una osa con cachorros, alces, todo tipo de animales peligrosos que podrían matar a una persona.
No me convencen porque se nota a la legua que me quieren asustar y además, El Alteñito está pegado a la carretera. Para colmo, exageran diciendo que hay coyotes.
«Aquí está sucediendo una de dos cosas. O está haciendo un reportaje, para ridiculizarnos y resaltar la inseguridad de la frontera norte, o está cruzando a un ser querido, a un familiar. ¿Tiene a algún pariente que viva en El Terruño que quiera cruzar?»
No, no y requetenó. Le echo leña a la caldera de las mentiras. «Mire, tomo Prozac, Y no he tomado en los últimos dos días. Estoy muy nervioso y confundido. Sé que no tiene sentido lo que he hecho, pero debe creerme. Para mí tampoco lo tiene».
H1 me echa una mano, diciendo que estoy en un momento muy frágil. Yo empiezo con mi mejor imitación de una pataleta de Raymond, el de Rain Man. No cuela nada.
«Les voy a dejar», anuncia de forma ominosa. «Pero si encuentro rastro de una persona o de droga, vamos a volver a recogerle, ¿sabe?» Protesto. Intento que el Rain Man de Dustin Hoffman se encarne en mí.
«Soy un experto forense en huellas, y sé que las vamos a encontrar por ahí. Ya ha confesado que estuvo en el lugar de los hechos. Es cuestión de testificar».
Una vez más mantengo mi inocencia.
«Si usted no ha hecho nada, no tiene que temer. Pero si le veo mañana asomándose al lago, le vamos a registrar todo».
Al poco se despide. Son pasadas las tres de la madrugada.
Intento dormir, pero no puedo. Espero que El Alteñito, de alguna manera milagrosa, llegue hasta la puerta. Cada ruido de coche se convierte en algo desazonador. No sabía que la Patrulla se quedó un buen rato espiándonos discretamente.