El cruce (IV)
Como se puede ser ambientalista y contrabandista de humanos a la vez, decido tirar la tienda de campaña y el saco de dormir en el basurero del camping. Pero al preparar todo para la marcha, me doy cuenta que la unidad de GPS, la que nos orientará en el bosque, estaba dentro de la tienda de campaña.
Estamos nerviosos y El Alteñito, a quien siempre había visto tan tranquilo, apenas puede disimular su furia. «¡Es lo más vital para esto!» me reprocha. Recupero el GPS, y con una leve mochila, salimos del camping a las 23:30 horas. Por la parte superior del campamento pasa un sendero que entre el bosque conduce a la frontera.
Aunque seguimos decididos, creía que emprender acción sería por lo menos una especie de bálsamo tranquilizante. Pero no, en la hora de la verdad tengo el estómago algo revuelto. En el sendero de grava hacemos un poco de ruido, y nos molestan las luciérnagas en la oscuridad casi total. Vamos casi todo de la mano, sin saber muy bien qué hacer si alguien nos pilla: dos desconocidos a menos de 400 metros de la frontera.
Pero salvo el graznido desconcertante de los patos, hay silencio. Detengo nuestro paso un par de veces, pero pese a la paranoia nadie nos sigue. La frontera está muy cerca de donde el camino toma una curva hacia el oeste. Bajamos por un par de zanjas y nos encontramos con el límite internacional. Lo reconozco en la oscuridad porque es un descampado extenso, para que no quepa duda alguna de lo estamos a punto de hacer.
Podemos ver que la pálida luna, en tres cuartos menguantes, apenas acaba de salir.
Me acerco al Alteñito y le doy un beso. «Bienvenido a Estados Unidos, mi amor». El Alteñito sigue.
No me hubiera sorprendido que hubiera dicho que, mejor pensado, era preferible no continuar. Es más que comprensible confesar el miedo del momento. Pero no lo hace, me mira intensamente con una fe inexplicable y parece dispuesto a cruzar conmigo las llamas del averno.
Un símil apto para lo que vino inmediatamente después. Para salir del descampado hay que cruzar una pequeña zanja. Intento encender mi linterna, pero no funciona. Fue cruzar la frontera y en vez de cruzar a Estados Unidos, parece que hemos entrado a Dagoba, el pantanoso planeta de Yoda, en El imperio contraataca.