El cruce (II)
Llegó por fin el día de viaje en avión, el 12 de julio. Yo volé hasta el otro lado de la frontera, y recorrí la zona en medio de un enorme chaparrón. Por la noche, después de cruzar la frontera canadiense sin incidencias o ilegalidades, recogí al Alteñito en el aeropuerto.
No hay marcha atrás Pasamos una noche calurosísima en Montreal, y ya a la mañana siguiente El Alteñito me contó que tanto la mujer de su padre como su criada le habían pedido que no se fuera.
«Tu padre está enfermo». Ahora dudaba de toda la operación. Tras unas horas de reflexión, en las cuales me planteé hacer turismo más tradicional por Canadá, decidió cruzar. «Ya estamos aquí, vamos a hacerlo».
Ese jueves teníamos que recoger a H1, que voló hasta Burlington, al otro lado de la frontera. Dejé al Alteñito en St.-Armand, un pueblecito pegado al límite internacional y con su pequeña maleta fui al cruce.
Al principio pensé que iba a ir todo normal, que sería como pedir una hamburguesa. Pero en el puesto fronterizo tenían otras ideas. Además de hacer cola en coche durante casi una hora, todos los vehículos delante de mí pasaron sin problemas. El agente de inmigración decidió, sin embargo, apartarme.
«Estaciónese allí un momento, por favor», dijo mientras se llevó mi pasaporte. Aparqué el jeep y me senté en el área de espera. Frente al mostrador, me hicieron firmar una declaración de aduana, preguntándome si tenía más de 10.000 dólares en efectivo. «Léase el recuadro [el que indica la presencia de cantidades prohibidas de dinero] con detenimiento antes de firmar», dijo un agente detrás del mostrador.
A los cinco minutos, dos agentes me llamaron. Me pasaron a un pequeño despacho y pidieron que vaciara el contenido de mis bolsillos.
«¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan nervioso?», preguntó uno de ellos. Todas mis negativas cayeron en saco roto: «Mire, llevo haciendo esto muchos años, y está nervioso, ¿por qué?» Le dije que iba a llegar tarde para recoger a H1 y que después de esperar en la cola, me habían entrado ganas de ir al baño.
«Hmm, eso le pasa a cualquiera», dijo el otro, aunque con cara de incredulidad. En mi cartera tenía todas mis tarjetas de embarque de los últimos meses, y billetes mexicanos, producto de un reciente viaje.
Les comenté el itinerario que iba a hacer, en detalle.
«Venga, que le acompañamos hasta el baño», dijo el agente. No permitieron que cerrara la puerta del retrete, fue humillante. Pero debido a la dichosa maleta y a mi estado nervioso, no me podía quejar mucho.