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El cruce (I)

Hace siete meses, el Alteñito obtuvo una cita para solicitar la visa de turista de Estados Unidos. En el Consulado de EE.UU., sin embargo, la solicitud fue rechazada sin mucha explicación.

Esa misma tarde, el 17 de febrero de 2006, un amigo me trajo a la cabeza la palabra Canadá. Los mexicanos pueden viajar sin visa a ese país, y quizá se pueda cruzar por ahí. La porosidad de la frontera norte de Estados Unidos era legendaria. Aunque consideramos otras opciones (que se fueron evaporando al escrutarse), esa parecía la final, la «rómpase en caso de incendio».

Pasó el tiempo, no nos pudimos ver en más de cinco meses, y la desesperación y la soberbia hicieron migas: «cruzar no debe ser tan difícil».

Desde el principio escogí la frontera de Vermont, estado que conozco bien, y aunque de entrada busqué lugares obvios, luego aparecieron unos más remotos. Finalmente concreté y opté por un pequeño lago de unos 10 kilómetros cuadrados de superficie compartido por ambas naciones. En la esquina noreste del estado, razoné, no habría mucha vigilancia.

Tras varios sobresaltos, reservé el hotel, compré los billetes de avión e hice los preparativos. H1, heroicamente, decidió acompañarnos, aunque tendría un papel absolutamente pasivo y creíble.

Me preparé comprando un lector de GPS y un monotubo de visión nocturna. Con numerosos programas geográficos y fotos, planifiqué todo. Preferí no compartir muchos detalles, no por secretismo, sino porque tantos datos podrían asustar. El Alteñito, me confesó, sólo quería que ocurriera rápido.

El plan era este: un viernes de julio, después de visitar Québec, montaríamos una tienda de campaña en un camping cercano a la frontera en el lado canadiense. H1 y yo pasaríamos la frontera, entraríamos en la cabaña de un motel, y luego volveríamos a recoger al Alteñito.

Después de cenar, dormiríamos un rato y nos despertaríamos a eso de las 3 de la madrugada. A esa hora cruzaríamos. Para evitar unos pantanos y arroyos, daríamos un pequeño rodeo en terreno que aparentaba estar seco.

Un kilómetro más tarde estaríamos en la carretera estatal, ya en Estados Unidos. El tramo más peligroso serían los 960 metros hasta la cabaña por carretera (había un albergue cercano que lo evitaba, pero ya estaba todo reservado). Pero en el peor de los casos, razoné peregrinamente, podría pasar con el coche.

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