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El acecho

Anoche cené con Pavarotti, quien como niño pequeño quiere recuperar su ascendencia conmigo después de la debacle que ambos tuvimos hace mes y pico.

Con él tengo química, no me cabe la menor duda. Por eso nunca seremos amigos de verdad, porque en el fondo sabemos que ambos nos entendemos. Todo se complica por nuestros amores de lejos.

Él está enamorado, resignadamente, como alguien que lleva las flechas de cupido como si fuera una pesada cruz. El manantial de tanta desdicha es un inglés que vive en España, a quien quiere nada disimuladamente, una vez que se analiza la lámina negativa.

Yo tengo al Alteñito, y lo sabe. Le envidia, y le da celos, pero sabe que me he decidido por él. Mientras respeta en lo fundamental el asunto, de manera subconsciente procura minarlo. Me hace preguntas indiscretas, me suelta indirectas y se intranquiliza.

La dualidad de Pavarotti es fascinante. En cierto modo me quiere usar, porque tiene verdadero pánico a estar solo. Y si su novio anglo no funciona, obviamente soy su banquillo o bullpen.

Pero por otro lado está un poco colgado y se nota en sus celos, en sus preguntas esquivas. Ayer se le escapan dos cosas: «Si no funciona lo del inglés y lo del Alteñito…» Se quedaron los puntos suspensivos en el aire, flotando pesadamente. No piqué. Luego dice, «Estoy esperando que se te quite la manía para que te des cuenta de lo que estoy haciendo». Y la verdad es que se está comportando muy bien.

Odio la composición de lugar que se ha hecho para sí y para mí: si falla el otro, tú me sirves. Es absolutamente egoísta y negativa. Pero se pega como una lapa, se resiste a ver la indiferencia y hasta el oprobio que he expresado.

Y me acecha, de eso no hay duda.

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