El joven y su ardor
Estoy de vuelta en la ciudad del chico que me hizo una oferta nada decente hace un par de meses. Como he pasado de él y no he aceptado sus ruegos monetarios, creía que no iba a hacerme caso. Nos encontramos por el Messenger, y a las tres horas nos estamos acariciando en la cama. Me he sentido bien, aunque le llevo 16 años y pensé que iba a sentir más morbo, pero no, fue curiosamente entrañable y cariñoso. No me engaño mucho, quiere irse de su país y no me llego a fiar de sus múltiples alabanzas.
No sé por qué, pero a mi frente de juventudes particular les está dando mucho por alabarme, y algún día hasta me lo creeré. Pero este chico, a quien bautizaré Luisito, es el más atractivo de los cinco; los 21 años le ayudan. No me llego a fiar del todo de él, pero esta vez me está gustando más.
Lo peor de esto es que ya la honestidad se va al traste. A Pavarotti no le puedo contar de esto, se muere. Intenta ponerle andamios a su inseguridad incitándome a que me acueste con otros, pero es un esfuerzo bastante transparente de su fragilidad e incertidumbre. Cuando vuelva a mi ciudad el viernes, creo que voy a tener que reestructar el «pacto de radioactivos» que tengo con él. Obviamente, quiere más.