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Locuras lujuriosas

«Vamos a decirlo así: si ambos salimos ilesos de esta, tendremos mucha suerte». No suelo empezar una velada íntima con esa advertencia, pero merecía la pena. Tiene apellido de dictador dominicano, y en una especie de guiño retorcido, nombre de faraón egipcio. Es de Mexicali, ciudad donde se pronuncian las ches como shes, y donde el mercurio sube bastante.

Se ha quedado tirado en una zona norte cerca de mi casa, y ha visto el BOE (P), y no ha dudado en pedirme ayuda. Apenas tiene dinero, busca la caridad ajena. Es jefe de nómina de una empresa, y no le parece súmamente raro que con ese cargo su cuenta bancaria se quede vacía. Nos intercambiamos tarjetas de negocios, y se queda en casa una noche. Habla, sueña, me comenta de no se cuántas cosas raras, y se produce la metamorfosis de perfecto desconocido a persona entrañable en menos de tres horas.

Aunque tenemos sexo, me acuesto temprano mientras él ve Se7en. Interpreta mi puerta cerrada como señal de que no quiero ser molestado, y se echa en mi incómodo sillón. Le despierto a las 8 de la mañana, y le invito a que se acueste en mi cama mientras yo hago otras cosas. Mientras duerme, me planteo ir a despertarle de una manera bastante, ejem, explícita. Pero prefiero no hacerlo.

La idea de que condiciono su estadía a que me deje follarlo me parece muy mal. Si él quiere, que lo inicie. No lo hace. Le dejo en un hostal en South Beach, seguro que se lo pasará mejor. A mí me duele el hombro. Al final, sí salimos indemnes.

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