This is the end, my only friend, the end
Todo pasó de una manera rápida. Primero, no quiso ir conmigo a mi cumpleaños, alegando una enfermedad. El husband llevaba unos días un poco raros, y al decirme eso me quedé de piedra. Tenía a gente esperando, pero al montarme en el coche me dije que esto había llegado a su final.
Al volver, la furia fue reemplazada por compasión, algo que tengo muy poco pero que se aparece en los momentos más incómodos. Está mal de la cabeza, es la depresión, tienes que seguirle amando, pienso mientras llego a casa.
Al entrar, me espera un reloj de doscientos dólares que ha ido a comprar mientras celebraba. Se sentía culpable. Así se quedaron las cosas durante seis días. Pensé que una vez más habíamos alcanzado el borde del precipicio y habíamos dado equivocadamente media vuelta.
Esta vez, el equivocado fui yo. El sábado siguiente fuimos a comprar una sartén y a cenar. Al sentarnos en el restaurante, de repente le cambió el rictus. Parecía que se le había muerto alguien.
«¿Qué te pasa?», pregunté retóricamente, pues sabía de sobra que había alcanzado otro bache.
«Nada». Se pasó media hora comiendo el queso y los garbanzos de su ensalada. Lo de 30 minutos no es ninguna exageración ni recurso de estilo: fue exactamente lo que tardó.
El domingo se levanta, y se va. «Tengo que irme de esta casa. Me llevo el móvil si quieres hablar conmigo». Bien.
No sé cómo lo logra, pero me vuelve a dejar de piedra. Me desespero. Vuelve a las 10 de la noche, ha ido a casa de varios amigos.
El lunes es festivo, día de fuegos artificiales en este país. Vamos a comer a un restaurante en el centro comercial donde nos conocimos, que nos queda un poco lejos pero me gusta el sitio.
Al principio le da vueltas al tema, pero me cuenta que hace dos años cuanto tuvimos nuestra peor crisis, sentía algo por otra persona. Me sorprende y se lo digo, pues estuvimos con terapia y todo, y ahora sale esto a relucir. Insólito.
Poco después continúa la letanía de confesiones: en ese entonces estaba dispuesto a dejarme, pero básicamente le di lástima. Quizá no lo quiso expresar así, pero así salió. Mi subconsciente recibe un latigazo, pero no me doy cuenta conscientemente hasta mucho más tarde de lo que acaba de decirme.
Explica que estamos tan mal como hace dos años, bueno, matiza cuando muerdo, casi tan mal. Le recuerdo mi leit-motiv, mi mantra para esto: siendo como somos, tenemos la mejor pareja posible que se pueda esperar de dos personas. Si no te gusta, no creas que se puede mejorar marginalmente.
«Siento que falta algo», añade. Contesto que en su situación actual no es bueno tener estas discusiones, que quizá debamos esperar a que se reponga. Me dice que no, que solo afecta sus percepciones.
Entonces, propone, quizá venga bien una separación. Se me abre el cielo, no voy a tener que proponerlo yo. «Mi hermana se separó de mi cuñado durante cuatro meses, y volvieron».
Piensa que va funcionar, cree que este coche blindado, que muestra su edad y desgaste, puede detenerse y volver a arrancar después de 10 años de uso y abuso. Me callo.
Continuamos, y al toro le sigue poniendo banderillas. «No puedo seguir así y es muy radical acabar todo». Pues acordado. Se irá a casa de su abuela.
Me fascina su inocencia, después de todo lo hablado, de expresar su repulsa hacia mí y la pareja, tiene fe en que las cosas salgan bien. No se da cuenta que es ilógico seguir si se utilizan sus propias palabras.
No sé muy bien, al levantarme, quién ha manipulado a quién. Si yo a él para que se ofreciera a terminar, o él a mí para que aceptara. Pero sé que esto no tiene vuelta de hoja. Por respeto intentaré seguir separados por un tiempo, pero ya se acabó.
El martes me levanto con miedo. Ya se ha ido, se ha levantado en el cuarto de los huéspedes, donde ha dormido. Tengo pánico a estar solo, pero sé que no puedo seguir así. Me tranquilizo, me sosiegan un par de amigas (en teoría no le podemos decir nada a nadie) y empiezo a mirar al futuro.
Sin él.