« Vida desordenada | Página principal | Ay, hijo, si supieras... »

Desorden total

A las pocas horas de escribir la entrada anterior me desperté súbitamente. De esos respingones que da el cuerpo cuando te percatas que te has quedado traspuesto en una situación indebida.

El caso es que me quedé dormido en cama de John. John, para los que no estén enterados, no es obviamente el husband. De hecho, apenas conozco a John de la oficina, pues nos arregla los servidores de Pascuas a Ramos.

Me gustaría mucho decir que he llegado hasta aquí como un sonámbulo cegado por alguna fuerza mayor, y que descubrir mi cuerpo y su cuerpo cubierto de una lámina costrosa fue una sorpresa desagradable. Y que soy inocente (o por lo menos rebelde porque el mundo me hizo así). Que la culpa lo tiene el trastorno neurovegetativo.

Pero no, estoy aquí porque he querido venir a Overtown, una de las peores zonas de mi ciudad. Y he querido venir a follármelo, seamos sinceros. Y tras la segunda vuelta nos quedamos dormidos, sin duchas y sin leches (bueno, sí). Y no mentiré (aunque eso si parecerá mentira), quise una tercera ocasión, pero tras toquetearme, John se volvió a dormir. Me levanté al baño, me lavé un poco, escribí una nota de despedida y me fui.

Le conocí hace tres semanas, es una versión lampiña y esbelta del husband. Empezamos a hablar, y me picó la curiosidad su falta de vello. Él dijo que era de una ciudad del norte, y que se acababa de mudar aquí hace unos meses. Ah, y que vivía en Overtown. ¿Overtown? ¿Y no te roban a diario? No, aseguró es un barrio muy tranquilo. Mi casa a veces la dejo abierta y no pasa nada. De hecho, puedes venir un día y verás. Pues venga, el sábado (no fue tan fluido el tema, pero sintetizo).

La autoinvitación dio resultado. Pero creo que no me gustó mucho John, sino la oportunidad de zumbármelo. Depravación total. Tenía razón, la casa parecía apacible y era lampiño total.

Esto debería ser el fondo, ¿verdad? El punto más bajo, cutre y horrendo del tema. Pero no.

El miércoles acompañé a un amigo, uno de esos casos descarriados que tanto me fascinan, mientras trabajaba en una tienda turística de la ciudad. Me contó como estaba enamorado de su compañero de piso, de cómo había tenido sexo oral durante casi cuatro años, y que ahora vino otro y ¡zas! Se lo robó. Todo esto con ribetes melodramáticos, pues es obvio que está enamorado, celoso y resentido, y que para colmo el compañero no va a salir del armario ni a tiros.

Por fin se va a ir a otro apartamento, y le digo que tiene que conocer a alguien gay en el plano social y salir. El chico es 10 años más joven que yo.

«¿Y por qué no tú? Me has ayudado mucho». En circunstancias normales echaría mano de la falsa modestia y recitaría las variadas razones. Pero no, sonrío y digo que a lo mejor hay que probar la mercancía.

No sé cómo (bueno, no sé el por qué), pero el chico cierra la tienda y me lleva a la trastienda. Lo demás es clasificado X, salvo que a mitad se quiso echar atrás y no le dejé. Tonterías como que quizá algún cliente podía entrar. ¡Por Dios!

Llegué a casa sintiéndome como el monstruo que había sido. Una persona de un grupo activista al que pertenezco, que me recomendó el chico para la ayuda, me llamó ayer porque dice que está un poco alarmado conmigo. Eso fue por lo menos el mensaje, pues no contesté el teléfono.

Ninguno de los dos me contesta. No les he llamado, pero sí he intentado los demás medios. Y ya me digo que tengo que parar, que ya está bien. Estuve a punto de incorporame a adictos sexuales anónimos. Hay un grupo cerca de casa. Confieso que no lo he hecho porque una de sus penitencias es soltar prenda de los cuernos con los seres queridos. Y no puedo. Sencillamente no puedo. Soy demasiado cobarde para sentarme y decirle que, cielo, te he puesto los cuernos y la última vez apenas pude parar. Y que todo ese rollo que te solté sobre el daño que mi padre le hizo a mi madre con lo mismo, y que no lo repetiría, que eso era, un rollo.

El culebrón sigue, pero ya me cansa. No entiendo a los obsesos, tienen que acabar agotados al final del día. Eso quizá será lo que me salve, que soy demasiado vago para obsesionarme con esto a largo plazo.

Comentarios

Bueno... el trastorno neurovegetativo este se esta cebando contigo ultimamente. No se yo que es lo que te voy a quemar...

A veces hacemos ese tipo de cosas (algunos mas comedidos que otros, la verdad -vamos, yo a tu lado una Doris Day de pelicula Disney-; lo mismo que te digo una cosa te digo la otra) y no sabemos por que, pero a veces "necesitamos" hacer algo asi. A veces es miedo, inseguridad, una sensacion "nueva"... a saber.

Comenta

(If you haven't left a comment here before, you may need to be approved by the site owner before your comment will appear. Until then, it won't appear on the entry. Thanks for waiting.)