Confesiones del punto muerto
Tras leer lo que escribí ayer, me siento como si estuviéramos en punto muerto en el vehículo de la pareja (para los no ibéricos, explico que el punto muerto es el neutral en un coche; para los no conductores, lo siento). Vamos a cierta velocidad, y no sé qué marcha va a entrar. Ayer creía que entraba la segunda, y resultó ser la quinta. El husband está deprimido, no sé muy bien por qué. Me imagino que porque es depresivo de naturaleza, que en el fondo es una persona triste.
Y en esas situaciones brillo, porque sirvo para consolar (en todos los sentidos de la palabra), para proteger, para aliviar. La indefensidad y el dolor ajeno me atraen, no sé muy bien por qué, pero tengo un instinto protector bastante desarrollado.
Hacer estas confesiones a los ocho años es muy triste. Me acuerdo que hace poco le comenté a un amigo que no sabía lo que iba a pasar, y todavía no lo sé. Cierto, la vida en sí es una gigantesca incertidumbre, pero me supongo que cada cual tiene ciertas expectativas de su pareja. Yo las tengo, pero no son temporales. Quizá nos hartemos, quizá me harte yo. Me he dado cuenta que hemos alcanzado techo, que el techo es muy bonito (no es la Capilla Sixtina, pero tampoco está mal), pero es un techo. Ahora me toca ser egoísta y evaluar si me conviene, si merece la pena.
Tengo un buen trabajo y un marido que me quiere. Es una persona buena, decente, ética, seria y fiable. Y todavía me quejo. A veces me siento como la lechera que por querer más y soñar, se quedó sin nada. Y me pasa con todo, tengo una expectativa tan alta para las cosas, que cuando por fin ocurren me suelen decepcionar. Debo dejar de ser perfeccionista y dejarme llevar más por la vida. Ah, si puediera apreciar esta felicidad, esta estabilidad, esta buenaventuranza. Si pudiera tener un poco más de parsimonia en el corazón.